21 mayo 2013
Gelatina Para Soñar.
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5/21/2013 04:30:00 p. m.
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Yo grité gol una vez
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5/21/2013 04:28:00 p. m.
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23 febrero 2013
1. LA SOLE
2. DE LAS
FOTOGRAFÍAS INEXISTENTES
3. DEL CUERPO DE
ESE HOMBRE
4. DE LAS NOCHES
5. DE LO QUE ESCRIBE SOLEDAD
6. DE
LAS HISTORIAS SIN CONTAR
7. DE
LAS PALABRAS
8. DE
POR QUÉ NO HABLAR DE AMOR
Ahora prefiere las teorías bioquímicas y eléctricas. Le agrada la idea de su cerebro estimulado por la alquimia de otro cuerpo. Reconoce que hay pieles que incitan sus sentidos. Y disfruta hasta el delirio del campo magnético que genera la fricción acompasada de las ansias. No ignora los riesgos, por ejemplo: la adicción que genera el dejo de tabaco de una lengua habilidosa.
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2/23/2013 11:12:00 a. m.
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07 diciembre 2011
A L M A LA CUENTACUENTOS
Agosto 27 de 2008.
Medianoche.
Hoy es domingo. Alma se prepara con esmero. Para este día especial, escoge un sencillo overol de mezclilla con un cierre al frente y una blusa azul cielo de manga larga, y sobre los hombros un abrigo largo de mezclilla, también. El atuendo justo. Le queda como un guante a su silueta delgada de adolescente.
Con un ligero toque de rubor en las mejillas y un poco de color de rosa en los labios y envuelta en una nube de fragancia de lilas, se dirige al centro de la ciudad, donde el bullicio de la gente en su paseo dominical por la vía recreativa aumenta su alegría.
Alma recuerda que desde muy pequeña anheló ser artista, para ser exactos bailarina de ballet. Su sueño empezó el día que su padre la llevó al teatro, a uno de los más suntuosos de la región. Se sintió cautivada por la belleza de la música y por los magistrales bailarines que interpretaban “El Lago de los Cisnes”.
Sin remordimientos se alejó de su padre y de las tías solteronas que la criaron, para estudiar con ahínco en las mejores escuelas, primero de país y luego del extranjero.
La danza le ofrecía pasión, fama y viajes por el mundo, pero también, egoísta amante, le exigía una entrega absoluta. Por ella Alma renunció al matrimonio y a la maternidad e hizo de la danza el motivo de su existencia y felicidad.
Como todos los domingos, Alma se presenta en el mismo foro de arte y cultura, donde se reúnen los amantes de las artes o tal vez los solitarios que buscan compañía, donde todos matan las horas que les sobran.
Alma gusta de contar cuentos a los niños y les habla de valores y de la belleza de la vida y cuando se lo piden, y cuando no, también; deleita a chicos y grandes cantando canciones de arrullo, en un desconocido dialecto africano con cálida y cristalina voz o baila con música de canciones de cuna o de Cri Cri en una danza solitaria y espontánea.
Llama la atención su frágil y virginal figura, casi etérea. Se desliza por el foro con graciosas piruetas contagiando su ingenua alegría. Los rizos de sus finos cabellos danzan con ella imitando sus graciosos saltos y sus manos delicadas juegan con velos invisibles.
Su actuación sólo dura una hora. Al finalizar Alma agradece los cálidos aplausos con el rostro ruborizado, estirando levemente los lados de la falda de su largo abrigo, en una infantil caravana.
La magia del momento sugiere que alguien vendrá por ella en una limusina o tal vez en una calabaza encantada con chambelanes que la escolten y le brinden un brazo en que apoyarse.
En vez de eso, terminada la función se aleja solitaria entre la gente, con un ligero balanceo danzando imperceptiblemente con la música interna que sólo ella escucha por el especial privilegio que le otorgan sus setenta y un años.
Virginia Martínez Rizo.
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12/07/2011 06:53:00 p. m.
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02 mayo 2011
En el transcurso de la publicación de estos relatos, me topé con la agresión a uno de los estudiantes de la UACJ que se manifestaba en el Foro Internacional En Contra de la Militarización y la Violencia, en la cual yo participaba. Una agresión de un disparo cobarde, por la espalda, de uno de los elementos de la Policía Federal Preventiva al joven José Darío Álvarez Orrantia, a quien le dedico este trabajo con todo el cariño posible.
“Los amigos del barrio pueden desaparecer; la persona que amas puede desaparecer”.
La siguiente en un crucero donde vieron por última vez a Melisa, tu amiga que ahora sólo ves en pesquisas. Te dispusiste a pintar en una pared la imagen del rostro de Melisa en rojo. De pronto sentiste que alguien te veía y nada; de reojo viste unas letras que decían:
“Nunca Más”.
Seguiste pintando y te sentías contento porque ella salió sonriendo. Así te gustaba recordarla. Terminaste con una frase que te gustaba tanto que solías cantarla:
“Conozco esta ciudad, no es como en los diarios”.
Y te la llevaste tarareando a casa. Ahí te bebiste unos tragos y te embriagaste, pensaste en quien te había visto, abriste una ventana y viste a una chica pintar en un baldío de tu calle esta frase:
“Nada podrá ser como antes en Juárez. Nos han enfrentado, tenemos miedo de nosotros mismos”.
Y debajo de estas líneas lo que parecía ser su nombre. Se echó la lata de pintura en la mochila y se perdió de tu mirada. Tú te fijaste que nadie la haya visto.
Apuntaste la frase de ella en tu cuaderno y lo echaste a tu mochila. Te quietaste los convers y el pantalón dikies y te recostaste en el sofá. La pondrías en lo más alto, en un espectacular para cuando ella volteara a ver al cielo la pudiera ver.
Al siguiente día la viste en el periódico: “Capturan a grafittero”. Ella posaba en la fotografía con la cabeza hacia abajo. No se le distinguía el rostro por su cabello. Sabías que era ella, por sus pantalones bombachos y su playera de tirantes. Al parecer seguía con la misma ropa del último día que la viste. Cambiaste de plan, ya no iba a hacer la frase de ella sino un viejo texto de Julio Cortázar:
“A mí también me duele”.
Y lo hiciste como lo habías pensado en el espectacular más alto y mejor aún con reflectores.
Es adherente a la Otra Campaña.
Forma parte del Colectivo José Revueltas.
Ha participado en diferentes encuentros de Escritores de la República.
Está en la Antología Cinco Escritores Jóvenes
de la frontera, del Escritor Edgar Rincón Luna.
Ha aparecido en las Revistas: Pluma del Ganso, Alforja y Va de Nuez.
Tiene el libro inédito de poemas Sobre Ruinas.
Actualmente escribe sus primeros relatos: La muerte lugar común.
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5/02/2011 03:26:00 p. m.
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09 noviembre 2010
En la casa teníamos una televisión grandota, de esas de bulbos que parecían ropero, que al encenderse tardaba mucho rato y hacía un ruido extraño, como un zumbido, los chamacos de hoy que esperanza que aguanten a que la tele se encienda tanto tiempo, mucho menos a ver el mundo en blanco y negro.
Total, que entre los comerciales de aquel tiempo bien jodían con vender viajes al mar, y pasaban en la pantalla a familias enteras siendo revolcadas por las olas, mientras los niños más pequeños jugaban en la orilla haciendo castillos con la arena.
Imagínese amigo a un pobre niño de ciudad, que la concentración más grande de agua que había visto era un charco que se hacía a unas dos cuadras de la casa en la época de lluvia, donde a escondidas íbamos los chamacos del barrio dizque a nadar.
Mi hermana la mayor (que es año y medio más grande) tenía también el deseo de conocer el “reino de Neptuno” y un día sin más ni más le dijo a mis padres:
¬¬-El flaco y yo queremos ir al mar.
Mi padre que observaba el fútbol en la tele, solamente se sonrió, pero mi madre, que planchaba en esos momentos una de mis camisas para la escuela, volteó a mirarnos con sus ojos tristes y simplemente nos dijo que no podíamos, porque para ir a un lugar así hace falta mucho dinero.
Si embargo a partir de ese momento no quitamos el dedo del renglón, y constantemente pedíamos se nos recompensara nuestra buena conducta con una visita a ese mágico lugar.
Mi padre era carpintero y tenía en aquel entonces veintitantos años, así que difícilmente el dinero que ganaba ajustaba para otra cosa que para vivir al día, pero esos detalles uno de niño ni cuenta se da. Bien decía mi abuelo que uno aprende a ser hijo hasta que es padre.
Ahora, treinta y tantos años después se me hacen nudo las tripas solamente de acordarme del milagro aquel que hizo mi madre con nosotros.
Nos notaba tristes y mi hermana hasta lloraba, por que según ella no nos querían.
Brincando de la emoción planeábamos todas las suertes y proezas que realizaríamos entre las olas y hacíamos planos mentales para castillos de arena irrealizables. Esa noche no pudimos dormir y al despuntar el día ya estábamos brincando de la emoción.
Mi padre nos acompañó hasta la central de autobuses que hoy es conocida como la “vieja”, que en ese momento me pareció el lugar más grande e impactante que hubiera conocido.
Esperamos un tiempo que me pareció eterno, y abordamos una de esas moles de acero con ruedas, que hacía un ruido estruendoso, minutos después, nuestro viaje daba inicio.
No amigo, la carretera no es lo que hoy vemos, había nada más un carril por cada lado y la gente subía y bajaba en todas partes, la paciencia de un chiquillo no es mucha, pero yo me aguanté calladito todo el camino, que me pareció eterno.
El viaje no estuvo tan largo, pero al bajar del autobús la magia apenas comenzaba, mi madre nos hizo caminar por la sombra y en un determinado momento nos pidió que tapáramos nuestros ojos, sin hacer trampa (los niños de antes no hacíamos trampa), continuamos caminando a ciegas pero despacio unos minutos, ruidos extraños y un aire cargado de aromas increíbles nos envolvían. Nos detuvimos. Mi corazón en serio se quería salir del cuerpo. Al recibir la orden de abrir los ojos no podía creer lo que veía.
Yates que pasaban a toda velocidad, lanchas con hombres que pescaban y la inmensidad del agua que convirtió a aquel día en el más increíble que recordara.
Nos encueramos en la playa y nos metimos de inmediato al agua, jugamos con la arena, coleccionamos conchitas y por un día fuimos los niños más felices de este mundo.
Nunca nos cansamos y cuando hubo que comer nos resignamos a construir aquellos castillos de arena que tanto habíamos planeado.
Desafortunadamente el día terminó pronto, ya ve que siempre terminan pronto los días cuando uno la está pasando bien, y mi madre dio la orden de volver, cuando comenzamos a caminar rumbo a donde tomaríamos el camión de regreso le pregunté a mi madre:
-¿Cómo se llama este lugar tan hermoso?
-Este es el mar de Chapala.
Contestó tan firmemente que aún en la actualidad y después de tres décadas lo sigo creyendo.
Se lo cuento amigo para que no me mire como a un loco sólo por que le digo a mi hijo que estamos en el mar de Chapala, el tendrá apenas seis meses de edad, pero nuca es demasiado pronto para conocer este maravilloso rincón del mundo, y estas lágrimas, le aclaro, no son de tristeza por un pasado inalcanzable, son de alegría porque en el mar de Chapala el agua está de regreso.
Es escritor, ha colaborado
en distintos medios. Labora
para la biblioteca del CUCBA,
UdeG. Es tercer lugar en el
certamen Chapala: Puros Cuentos.
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11/09/2010 01:31:00 p. m.
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24 marzo 2010
Tengo miedo, lo llevo adentro desde el día en que Luís se ahogó en la laguna. En ese entonces teníamos siete años de edad; hoy yo paso los cuarenta.
Andábamos juntos de un lado a otro; estábamos en la misma escuela, en el mismo salón, vivíamos por la misma cuadra. Ignoro cuándo nos conocimos, a lo que recuerdo siempre estuvo ahí.
No era raro vernos bajar al lago por las tardes. Nos gustaba que el viento proveniente de sus entrañas nos ondulara la ropa, haciéndonos sentir capaces de volar aún más allá de los cerros que lo abrazan. Al llegar el inicio del ocaso, perdíamos la vista observando la canoas tripuladas por pescadores alejarse de la orilla al ritmo de un compás inacabado.
Pescar nos deslumbraba, estábamos seguros que en ello se encontraba la felicidad, pues los hombres de tarraya al retorno de su travesía e independientemente del botín obtenido, tenían impresa una sonrisa en el rostro.
El inicio del fatídico suceso ocurrió cuando en una de esas visitas al lago encontramos por el camino un carrete de hilo de cáñamo verde turquesa, cuya textura se prolongaba largamente hasta transformarse en un gancho de metal platinado.
Ansiosos por nuestro descubrimiento lo tomamos del piso y corrimos hasta el margen del espejo líquido. Desesperados cogimos un gusano que temerariamente pasaba al lado de nuestros pies, lo ensartamos en el anzuelo con la intensión de capturar una carpa.
Pasaron más de dos horas desde que habíamos lanzado la trampa y el resultado continuaba en cero. Poco a poco, los tonos amarillos producto de la agonía del sol desaparecieron a nuestras espaldas, dejándonos atónitos ante la inmensidad del agua.
Los pescadores regresaban de su faena cotidiana, habiendo logrado cada uno de ellos llenar al tope su canoa con peces. Tristemente confundidos Luís y yo nos miramos mutuamente, nosotros no habíamos pescado nada. Un extraño calambre me circuló por la columna vertebral cuando Luís me dijo:
-A lo mejor es que los peces están más adentro, y aquí no vamos atrapar nada. ¿Y si nos metemos en una lancha? ¿Tú crees que podríamos pescar algo? ¡Vamos!
No podía decirle que no, Luís era vengativo, muy probablemente se enojaría conmigo y a pesar de ser amigos, con algo desquitaría mi negativa.
-Sí. Le respondí, con una pierna ya adentro de la canoa.
Tomamos los remos dirigiéndonos hacía zonas de mayor profundidad. Soltamos el anzuelo, no tardamos más de tres minutos en percibir un fuerte tirón en el cáñamo. Jalábamos intensamente, pero el peso de lo que se encontraba sujeto a la carnada nos arrastraba a lo largo de la embarcación. Luís decidido a no perder la presa enredó un tramo del hilo a su cintura, se tambaleaba; nunca tuvo miedo, ni en el momento en que estrepitosamente sus pies abandonaron la canoa para introducirse en el agua, ni en el segundo en que cansado de luchar contra el lirio que lo mantenía sumergido terminó por ahogarse.
El cuerpo de Luís no se encontró. Nadie me culpó por su muerte, es más, decían que era un milagro que yo me hubiera salvado, que yo siguiera aquí, lo que no saben es que Luís nunca se marchó.
Con el paso de los años fui tratando de olvidar dicho episodio, pero Luís permanecía al asecho evitando lo lograra. Cada noche, al encontrarse el lago quieto como un vaso con leche, el aroma inconfundible del agua con el lirio impregnaba mi habitación anunciando su llegada.
El irremediable fenómeno del desarrollo hizo presa de mi anatomía, mis emociones, mi intelecto.
Crecí al punto de dejar de ser aquel que observó cómo Luís moría. Él no comprendió este proceso, insistía en jugar conmigo. De cierta manera le agradezco no me haya dejado solo, porque siendo sincero, el fue el único con disposición a escucharme cuando lo necesitaba.
Fue durante mi ingreso a la Universidad en Guadalajara que descubrí la incapacidad de Luís para viajar conmigo, su presencia se limitaba hasta donde el olor del agua con el lirio se resquebrajaba; por eso regresé a Jocotepec cada fin de semana mientras duraron los estudios, al terminarlos decidí quedarme a vivir aquí.
La situación laboral me favoreció proveyéndome con lo suficiente como para abandonar el hogar paterno. Luís me acompañó, juntos pintamos la casa que adquirí, juntos decidimos los muebles que compré.
Todo parecía marchar por buen rumbo, pero Luís cambió el día en que conocí a Fernanda. Ella era la criatura más hermosa que jamás había encontrado, me enamoré como antes no lo había hecho, disfrutaba estar a su lado, disfrutaba de sus ojos, de sus manos, de su voz. Terminé por pedirle nos casáramos, a lo que alegremente accedió.
Cuando Fernanda llegó a vivir a la casa se le perdían las cosas, le apagaban los focos, le abrían los grifos del baño. Yo sabía que Luís era el responsable, lo regañé, por un tiempo se calmó, creo se sintió ofendido.
A Fernanda no le conté sobre Luís por temor a que se alejara de mí pensando que estaba loco, además no pasaron más de seis meses cuando felizmente me comunicó sobre el embarazo, y en ese estado tal noticia podría resultar catastrófica. Me encontraba flotando sobre la superficie ríspida que suele ser la cotidianidad, volqué mis atenciones hacia Fernanda, Luís me reclamó el abandono, no le hice caso.
Al arribar el plazo natural nació un hermoso niño al que llamamos Ariel, el corazón se me hincho de alegría, la vida era buena. Con la llegada de Ariel me olvidé por completo de Luís, creí que él también se había olvidado de mí, me equivoqué.
Justo un año después del nacimiento de nuestro hijo, Fernanda en su camioneta salió con él con destino Ajijic, para pagar la cuenta del teléfono en las oficinas de la compañía que nos proveía el servicio, pues el recibo de ese mes no llegó al buzón de la casa.
De regreso, antes de llegar a la Piedra Barrenada, la camioneta de Fernanda se quedó sin frenos, ella no se percató hasta que un trailer que venía en dirección opuesta por su mismo carril la obligó a frenar estrepitosamente para evitar el choque. Al sentir que los frenos no le respondían Fernanda viró el volante del vehículo a la izquierda tratando de esquivarle, pero la parte delantera del trailer hizo contacto con la camioneta haciéndola girar serpentinamente por los aires cayendo de lleno en la laguna.
El acta de defunción de Ariel y Fernanda dice que murieron ahogados. Los cuerpos fueron recuperados fácilmente a pesar de las grandes cantidades de lirio, debido a que el agua del lago se encontraba tranquila. Devastado, después del funeral regresé a mi casa, Luís estaba esperándome en la puerta de la entrada.
–¿Ahora sí vamos a poder jugar? Me preguntó mientras sonreía.
Tras escucharlo la sangre de mis venas migró hacía mi garganta, quise matarlo, no podía, el muy maldito...
El dolor era tanto que decidí irme de Jocotepec con la intención de nunca retornar. Han pasado algunos años desde esa fecha, hoy he tenido que volver. Del cementerio me avisaron que encontraron fuera de sus tumbas los huesos de Fernanda y de mi hijo. Los encargados piensan que algunos vándalos lo hicieron, yo en cambio sé quién fue.
¿Quién anda ahí?
¡Luis! …
¿Eres tú?
Raúl Contreras Álvarez
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3/24/2010 04:46:00 p. m.
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02 enero 2010
¨El que a los veinte no es valiente, a los treinta no es casado y a los cuarenta no es rico, ese es gallo que clavó el pico¨. Del sesenta y siete a la fecha, ya le caí a los cuarenta y el versito que a los veinte me causó risa y a los treinta sentí cabalmente cumplido; el estado de cuenta hoy me dice que tengo que erguir el pico o dobletear turno. Nunca me consideré un problema para mis padres. Lo mío siempre fue el buscar la palabra correcta, la timidez, el desvanecerme entre la bola y esquivar el menor de los problemas, la disciplina era fuerte en casa y más valía no buscarle ruido al chicharrón. Pero… ¿Cómo darle la espalda a las tentaciones? Ramón, el hijo de la seño Aurelia, me tocó de compañero, y ese territorio inhóspito que me parecía la escuela en los primeros años, a Ramón le había servido de cuna, las historias de varazos y descalabros causados con el borrador de la seño Severa y la leyenda de la niña sepultada en la segunda planta de la escuela, eran propiedad intelectual de mi coposeedor de mesa-banco. Entonces, no puedo negar el sentimiento de seguridad y respeto que me causó, el saberme su amigo. Nada como amistar con el dueño de la plaza, dicen los plebes de Culiacán. Mas el precio llegó y había que pagarlo.
–¡Tú bien sabes que nunca me he hecho la pinta!, si mi jefa se entera, me va a poner una, que no me queda hueso sano, me cai. Ámonos a la escuela Ramón, chance y todavía está la puerta abierta, y no pasa que la seño Aurelia nos regañe.
–¡Qué escuela ni que nada! Dijimos que nos íbamos a la playa y no nos vamos a rajar. Mira, ya está la puerta cerrada, “valió maye” dijo Tello. ¡Ora sí! Tú dices a quién le topas ¿a la seño Aurelia o a tu mamá?
–No, pos me la pones fácil, ¿tú bailarías con María la del panteón?
–¡No manches ratón!, soy capaz hasta de estudiar, pero no me pidas eso.
–Ahí está, pa donde le busquemos está difícil.
–Te prometo, mi ratón, que no te vas a arrepentir. Vámonos ándale, compramos un birote con cajeta ahí con Chepa la de Mere y nos vamos pa la laguna.
–¡Hay camotes, calabaza! ¡¿No va a querer camote?!
–Órale, ratón, ahí te habla Don Lupe.
–No, paso. Yo prefiero mi birote. Ámonos ya, aquí en el mercado no falta quien nos vea y ya ves que aquí en Chapala, hay más chismosos que carpas en la Laguna. Antes de media hora mi mamá ya nos anda poniendo una tunda.
–Está bien. Ya nomás compramos unas papas en el súper de Don Fernando y nos vamos.
–¡Estás loco, ahí está diario Don Polo en la puerta!
–¿Y?
–¿Cómo que “y” Ramón? Es compadre de Don Robe y casi diario viene mi jefe a saludarlo. Capaz y le platica que nos vio.
–Ándale pues, tú apúrate y hazte como que vamos a un mandado a la parroquia.
–¡Uy sí, güey! Con lonche y refresco, ni que fuéramos a Talpa.
–¿Trajiste tu short o te piensas bañar en calzones?
–Sí, aquí lo traigo.
Las olas, la brisa, la playa, parecían dispuestas sólo para aquellos nóveles aventureros. El miedo se dispersó con el agua, el hambre desapareció con la suculenta vianda de Doña Chepa y la mañana nunca como hoy transitó intangible.
–¿Cuánto cobrarán la alquilada de las llantas? ¿Traes dinero?
–Sí, pero las llantas sólo las alquilan los domingos. Entre semana no vienen; y en lunes menos.
–Entonces, ¿no crees que venga hoy Chema el heladero? Nomás de escucharle su cantar de: “helados hay helados”, me imagino las manos pegosteosas y me veo quitándole el pedazo de cajeta que traen los de vainilla.
–Tú nomás pensando en comer ratón. Mejor sécate y vámonos al cerro de la cruz. Subimos acá por Lourdes y desde allá arriba vemos la forma de escorpión que dicen tiene la isla de los alacranes.
–Pa mí que esa es otra de tus historias.
–¿No me crees? Vente, vámonos.
Benditos ocho años. Como dice la feria de las flores, no hay cerro que se te empine, y antes de media hora, habíamos alcanzado la cima aquella, coronada por la emblemática cruz. Y por más temeraria que fue nuestra imaginación, la forma de escorpión de la isla, jamás se llegó a percibir, lo que avizoré sin el menor esfuerzo era el cúmulo de cates, fajazos, gritos, empellones, moretes y sopapos que el auto-impuesto asueto nos devengaría y pues aprovechando la inmediatez que me unía a la cruz, no me quedó otra que empezar a rezar. La tarde había llegado y el reflejo de la luna en el Lago, me hizo temblar.
–¡Ora tú! ¿Qué tanto murmuras?
–No murmuro, rezo. Yo no sé pa que te hice caso. A esta hora ya nos han de andar buscando, y no es que andemos jugando a las escondidas, te aseguro que aquí no va a haber quien diga, una, dos, tres por mí y por todos mis compañeros, de esta no me salva nadie.
El desasosiego que me causaba el encuentro con mis padres pronto se vio superado por el pavor que aún me causa la oscuridad. Si alcanzar la cima fue trámite por demás expedito, el descenso fue suspiro fugaz. Obviaré el encuentro con mis jefes, sólo les diré que todo resultó como dicen los partes médicos de lesiones: por sus signos y síntomas, el auscultado sólo muestra lesiones que tardan menos de quince días en sanar y no ponen en peligro la vida.
La vida siguió, cambié de escuela, de amigos, maestros; forjé una profesión y una familia. El recuerdo del día de pinta persistió más allá de los moretes, así como la amistad con Ramón. Hoy, plantado como el respetable maestro de Literatura, tengo el placer de nombrar entre mis pupilas a Mayra González, hija de Ramón y con propiedad le hablo a ella y a sus compañeros de responsabilidad y de cómo deben privilegiar las obligaciones al relajo, y de cómo su profe siempre cumplía con su deber… Quién me viera.
Rubén Salcedo
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1/02/2010 03:43:00 p. m.
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21 octubre 2009
El tiempo había perdido su color; igual la vida. El silencio se rompía con el ruido de sus pasos que cada vez eran más débiles. ¿Cuánto había bajado? No importaba. Lo único que lo mantenía de pie era la esperanza de llegar al final de esa escalera interminable. Y eso quería. Conocer el motivo de su delirio; descansar de aquella tortura sin nombre que había comenzado un día cualquiera: El ruido del despertador, el baño, la loción; el traje que vestía todas las mañanas, la cortina; el golpe de la puerta al salir del departamento. Luego sus pasos; los mismos que había dado tantas veces, y la escalera: el comienzo; el primer escalón y ahora esto: un hombre desecho; desquiciado por el rencor contra sí mismo. No podía detenerse; no quería. Se aferraba a algo inexplicable. Y es que a cada peldaño el barandal se alargaba más y más, al tiempo que su estupor crecía. Hubiera sido muy fácil derrumbarse ahí, en un espacio desconocido, pero no. Decidió continuar luchando contra la penumbra; contra su deseo de alcanzarla y ser parte de ella para descansar de una vez. No soportaba más ese martirio, esa ruina del alma que era la angustia de no llegar a ningún lado. Ese horrendo delirio es en lo que se había transformado el descenso diario. Una angustia interminable, sin ventanas, ni puertas. Nada. Sólo eso vacío y el muro que se extendía a la par de sus pasos. Ciego, voraz; lo tragaba sin importarle su dolor; sin compadecerse de él. ¡Ay!, cuántas veces había estado tentado a entregarse. A quedarse sentado, y apoyarse en sus brazos para dormir. Pero no; él no. Siguió como si alguien guiara sus pasos y lo mantuviera ahí, bajando, olvidándose del pasado. Llevaba su cuerpo al nido de lo desconocido sin pensar en nada más.
Así siguió hasta que comenzó a suceder de nuevo. Del mismo modo que las puertas, y las ventanas, y todos los sonidos dejaron de aparecer, el muro cambió de forma. El espacio para estar de pie se hizo más estrecho. En un momento tuvo que agachar la cabeza y caminar de lado. Por ultimo comenzó a arrastrarse, sintiendo el golpe de sus huesos contra los peldaños que nacían sin piedad. El barandal se hizo cada vez más delgado hasta que desapareció. Ahora estaba en un pasadizo por el que bajaba como gusano: acoplaba su cuerpo a la forma de cada escalón. La oscuridad comenzó a acosarlo. Dejo de ver sus manos, y de sentir su aliento. Su corazón no latió más. Dentro de su cuerpo todo comenzó a detenerse también. Quiso llorar y desgarrarse la cara; dejar de ser. Quiso nacer de nuevo y jugar como ya había olvidado. Sin embargo continuó. No se dejó vencer y siguió bajando hasta que vio algo y se detuvo. Todos los párpados de la tierra hicieron una pausa. Era una luz. Se derrumbó por primera vez, y cerró los ojos. Entonces sí: los recuerdos lo acosaron. Los besos de su madre, sus hermanos, las peleas, las comidas en la cocina; su primer amor, su mejor amigo, la primera fiesta; su boda, los paseos, los hijos, los nietos. Todo vino de pronto revelándole su vida; entregándosela un instante, por última vez. Ahí lo entendió todo. Abrió los ojos y volteó atrás. Era un engaño. Aunque hubiera intentado volver no habría podido. Era inútil; debía entregarse como todos lo haremos algún día. Y comenzó a avanzar. Descendió los últimos peldaños, y cayó.
Era una sala enorme, blanca. Una infinidad de cuerpos desnudos yacían tendidos como si durmieran. Niños, niñas, mujeres, hombres; hasta perros y gatos. Era un mar de seres que parecían estar muertos, y lo estaban. Se agachó, alzó la cabeza de un hombre y lo reconoció; su abuelo. A un lado alzó el rostro de una mujer que nunca había visto. Conocidos y desconocidos. Por allá su madre y su hermano. Hasta Ponky estaba ahí. Se miró el cuerpo y en efecto… estaba desnudo; sus ropas habían terminado por ceder. Se tocó el corazón, y nada. Caminó. Saltó algunos cuerpos hasta encontrar un espacio libre; el preciso para su cuerpo. Se sentó, estiró las piernas, echó un último vistazo y se acostó. Mantuvo los ojos abiertos por un rato. Se puso en una posición cómoda y abrazó el cuerpo que tenía frente a él sin importarle de quién era. Cerró los ojos. Se relajó, y su respiración se detuvo. Luego nada; sólo durmió.
JONATHAN MINILA ALCARAZ
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10/21/2009 01:39:00 p. m.
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19 agosto 2009
Había un guitarrista ciego y un cantinero sordo. Y entre los dos se ayudaban para controlar la situación del local. Si el ciego percibía con la lengua que mala intención se formaba en algún cliente, le hacía unas señas al cantinero con los párpados y con las cejas. Si el cantinero veía, irremediable controlarlo, que el pleito de navaja o pistola se acercaba al escenario basuriento del ciego, le iba dando instrucciones de hacia dónde era preciso moverse para que no le fueran a poner un agujero más en el cuerpo. El buffet estaba colocado en lo más interno del local: gordas para amantes de montañas, raquíticas asmáticas para depredadores de primera instancia, viejas bordando pañuelos para los jóvenes pobres que no podían pagarse algo mejor, para los afrancesados una rubia parisina que se hacía trenzas sin recato con los vellos de las axilas, y púberas de senos chicos, e indias violentas que golpeaban a los clientes, y gringas que emborrachaban con frases adornadas a los abogados para que firmaran papeles en blanco, y enanas, y gigantonas, y mutiladas, y sentimentales que se enamoraban todas las noches para olvidar al alba, y dos amujerados pintarrajeados de la cara y con el gesto grotesco… Cuando a algún tertuliano le iniciaba el ansia en las partes secretas, iba a los bancos mugrosos y piojentos donde reposaba el ganado, desmenuzando el chisme, con las nalgas pegadas a la madera, contaba las monedas y examinaba, si no lo había hecho antes, para luego elegir. Allí, frente a los ojos adormilados de esperar macho que transfigurara monedas por gemidos constantes y sonantes, frente a los senos colgantes y los vientres gelatinosos, se posó Jacinto Roldán y sobornó exhaustivamente a cada mujer hasta que Pánfila Montreño, la que al emborracharse, dando grande espectáculo a la corte taciturna de borrachos, oficinistas y magistrados, hacía el amor con las patas de las sillas, le expresó entre eructo y gargajo: <
Al sólo darle el papel garabateado con letras risibles, un orondo magistrado más composición zoológica que fachada de hombre –mejillas de puerco, labios de bagre, bigotes y ojos de perro apaleado–, en gritos radiantes se les acercó: <
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8/19/2009 03:10:00 p. m.
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