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21 mayo 2013

Gelatina Para Soñar.



Lis tenía dos mundos totalmente fuera uno del otro, lo malo de la historia es que en muchas ocasiones éstos se mezclaban, era entonces cuando surgían seres asombrosos.
Cada vez que se quedaba sola comenzaba a escuchar aquellas voces que le hacían saber las travesuras que vivían en su inquieto interior. Su padre salía todas las madrugadas a pescar en el lago que se encontraba a media calle de su chocita. Cuando el sol se asomaba, la madre de Lis le dejaba listo el desayuno, el cual consistía en un tazón de lentejas con jitomate picado y unos trocitos de jamón. Lis, después de comer, debía alcanzar a su madre y ayudarle a sacarles las tripas a los pescados, lavarlos y hacer filetes. Al término de esta actividad salía a la calle a venderlos de casa en casa. A pesar del hecho de hacer esa actividad todos los días, Lis odiaba el olor del pescado y más aún el tener que destriparlos; cada vez que acercaba el cuchillo al cuerpo escamoso del pescado que la miraba fijamente, el olor que despedía era muy similar al de agua sucia y estancada de mucho tiempo. Mientras hacía su labor cerraba los ojos e imaginaba que lo que estaba entre sus manos era un trozo de melón y el aroma era de frescura y al mismo tiempo dulce, que la hacían salir corriendo de su realidad. Conforme pasaba el tiempo la rutina la volvía loca, así que no le quedaba más que salir de paseo con su mente, dejaba volar su imaginación. En ocasiones pensaba que era una sirena y que el agua le había impedido oler lo que tanto odiaba. Veía todos aquellos pescados que en alguna ocasión había destazado, sin embargo, no importaba; era su sueño y ella escogía lo que pasara, era dueña de su imaginación y en su mente solamente ella mandaba, éste era su lugar favorito.
Una noche, después de una buena venta, su padre decidió beber un poco de cerveza. Ese poco de repente se convirtió en una borrachera. Llegaron las tres de la mañana y no había señales del padre de Lis, su madre aprovechó que Lis dormía para salir a buscarlo. Sin hacer ruido, acomodándose un pequeño chal color rojo y un bastón que le ayudaba a mantenerse en pie ya que sufría de una malformación en la rodilla que se le extendía hasta el tobillo. De esta forma se lanzó contra el viento y la brisa provenientes de la laguna. Las olas crecían cada vez más y el agua se tornaba más turbia. La mujer caminaba con dificultad a cusa de los fuertes vientos, a paso lento se fue perdiendo en la oscuridad de la noche. Lis despertó de repente, al verse sola, no tuvo más opción que asomar la cabeza por la ventana y después salir a la calle buscando una cara conocida. La luz de la luna era inconstante, el viento movía las nubes de un lugar a otro cubriendo y descubriendo a cada instante la luna. La niña no tenía miedo, sentía que era otro de sus viajes a su imaginación. Ella caminaba observando cómo los árboles se movían de un lado a otro haciendo sonidos que parecían sollozos de alguna persona con mucho miedo. Lis llegó a la orilla de la laguna y no pudo evitar ver las lucecitas que se encontraban del otro lado del agua. Ella pensaba que si llegaba hasta el otro lado encontraría un mundo desconocido. Su padre le había contado alguna vez de un mundo mágico que solamente se podía ver durante la noche. Lis se convenció a sí misma que esas luces eran de aquel lugar, así que tomó la canoa de su padre y se puso en marcha. Al llegar a la mitad del camino su canoa comenzó a moverse de una manera extraña, parecía que algo la golpeaba desde el fondo de la laguna. Se quedó quieta y esperó un momento, se inclinó para ver qué es lo que la golpeaba y no pudo creer lo que veía, el agua comenzaba a burbujear como si alguien se estuviese ahogando. De repente una burbuja salió y se posó a la altura de su cara. Comenzó a hacerse grande cada vez más hasta alcanzar el tamaño de dos metros. Ésta se rompió enfrente de ella y un ser extraño de color verde semejante al vómito con los ojos saltones y brillantes parecidos a los de una carpa a punto de ser destazada y unos tentáculos que no paraban de moverse apareció. La criatura no paraba de escurrir una sustancia que parecía gelatina a medio cuajar y su olor era exactamente igual al que Lis odiaba con todas sus fuerzas. Al ver semejante espectro Lis intentó gritar, trató de moverse pero una fuerza mayor que ella le impidió hacerlo, solamente se quedó ahí viendo aquella figura que le producía náuseas y al mismo tiempo tranquilidad. “­­­—Sé qué es lo que odias” —le dijo aquel ser extraño al tiempo en que colocaba un tentáculo en la frente de la joven. En eso momento Lis comenzó a ver dentro de su cabeza el platón de lentejas, las tripas de los pescados y sus manos llenas de escamas. La criatura le contó de un mundo sin todo lo que odiaba, le prometió llevarla a ese lugar, siempre y cuando ella hiciera algo por él. Las palabras de esta criatura fueron tan cálidas que Lis accedió a prestar su ayuda. El trato consistiría en que destruyera a dos monstruos terrestres que amenazaban con su mundo, uno de ellos llevaría una botella en las manos, lo que la joven debía hacer era quitársela y llenarla con agua de color brillante; la otra bestia caminaría siempre a la orilla del malecón con un bastón. Dando estas señales Lis debía cumplir con su misión y luego podría irse a aquel lugar mágico. A la joven le pareció justo, tomó los remos y regresó a su casa. Buscó entre los productos de limpieza un líquido brillante que era un desinfectante. Tomó una botella de cerveza que se encontró, la llenó de dicho líquido y salió de su casa. Las nubes volvieron a cubrir la luna y la noche se tornó totalmente oscura de nuevo. Entre tanto caminar se topó con un bulto que hacia ruidos extraños con su garganta. Lis notó una botella en la mano derecha de la bestia y antes de que despertara intercambió las botellas, después se alejó y le arrojó una piedra para ver si estaba vivo. El bulto movió la botella y la acerco a su boca, dándole un gran trago. Lis observó pacientemente cómo comenzó a gritar, luego a vomitar y por último a revolcarse en la arena hasta que dejó de moverse. “Me falta uno” se dijo Lis entusiasmada. Corrió hacia el malecón y se escondió tras unas palmeras; esperó un momento. A lo lejos podía observar una silueta que sujetaba un bastón entre sus manos. Lis buscó una parte del malecón donde los trabajadores habían colocado las piedras que retiraron de la construcción y que era honda, al encontrarlo hizo guardia hasta que aquella figura de bastón se acercó lentamente a ella. Una vez que la tuvo frente a sus ojos, tomó todo el impulso que pudo y se lanzó sobre ella arrojándola a las piedras y luego al fondo de las aguas turbias y contaminadas.
Al terminar su misión Lis regresó al centro de la laguna; de nuevo aquel ser gelatinoso se acercó a ella, la enredo entre sus tentáculos y la sumergió en el agua.  La joven hacia todo lo posible por zafarse de esta criatura; sin embargo, el aire ya no llegaba a sus pulmones llenos de agua. De pronto una tranquilidad se posesionó de su mente y cuerpo hasta que su sueño más recurrente se volvía realidad: estaba en el agua sin tener que respirar y los peces danzaban junto a ella. Aquello era mágico para Lis, era lo que siempre había soñado. No sabía cómo pero estaba ahí, lo que ella no sabía es que nunca podría regresar de ese lugar.
Al día siguiente encontraron al padre de Lis muerto a espaldas de su casa, a causa de envenenamiento; el cuerpo de su madre estaba entre las olas, golpeándose contra las rocas. A los pocos días, la canoa del papá de Lis llegó completa a la orilla de la laguna, lo único que contenía era una botella de desinfectante y tripas, no precisamente de pescado. 

Nora Ríos. 

Yo grité gol una vez





Nací cuando los potros de hierro del Atlante habían perdido la final del campeonato mexicano en contra de Tigres, lo recordé un día que tomaba café con mi hermano viendo pasar a la gente deprisa, alejándose de la lluvia y tal vez mojando su única chamarra. En una servilleta escribí una frase “vale mucho más sufrir que ser vencido”. Atlante era un equipo que a veces sus números subían rápidamente, otras veces caen como un avión hundiéndose en el mar; así era mi vida tan similar a la del equipo del pueblo. El invierno pasado había sido uno de los más complicados de mi vida: enfermé inesperadamente del corazón. Estrechamiento o bloqueo de las arterias coronarias, los vasos sanguíneos que suministran sangre al propio corazón. A esto se le llama Enfermedad de las Arterias Coronarias, se desarrolla lentamente con el transcurso del tiempo. No entendí nada de lo que me había explicado el doctor, pensé en silencio que era como si el Atlante se quedara sin un jugador en un partido importante. Tuve que mudarme de la casa de mi padre porque no me gustaría enfermar su corazón, mi padre no tiene que ver cómo puedo ser expulsado de la vida. Mi nueva casa era inmensa: dos pisos, con una cochera grande, la sala era mi habitación, ahí podría haber vivido toda mi vida, los muros de esa casa tenían en su mayoría un espejo colgado. “El Negro” era el dueño de la casa, ahí vivía también su cuñado. No sé por qué me dejó quedarme ahí hasta que se casara con su novia, tal vez porque él era amigo de mi hermano. Se pasaba días enteros en su trabajo, a veces llegaba por las noches en silencio junto con su novia, uno o dos días cenábamos juntos y platicábamos largamente de los preparativos de su boda. Buscamos afanosamente cómo ahorrar ya que el dinero que ganaba era lo suficiente para pagar esa enorme casa que le había dejado de herencia su madre. Planeamos comprar el whisky más barato, reducir costos para que a todos en el día de la boda nos alcanzara una rebanada de pastel junto con una botella de whisky. Al final de la plática ellos subían a su habitación, yo dormía en la en el piso alfombrado, todo quedaba en silencio. El recuerdo de un amigo muerto aparecía como lo amargo de aquel día en el que Atlante perdió la final del campeonato mexicano en contra de Tigres, ese recuerdo era como los penales fallados esa final. “El Negro”  duró más de una semana trabajando casi las veinticuatro horas del día para pagar los gastos de la boda, con sus pantalones azules, nunca se veía diferente, o tal vez las únicas veces que lo vi; siempre traía sus tenis Nike casi a punto de perder su color blanco, sus lentes de sol deportivos, con la playera oficial del los rayos del Necaxa, su cabello bien cortado. Descansó muy poco en esa semana. Yo pasé el tiempo leyendo poesía de Rubén Bonifaz Nuño y de Efraín Huerta, también yendo con el doctor. Las consultas eran tan caras que tuve que hablar con unos amigos argentinos para que me ayudaran con algo de dinero ya que no podía trabajar. Ellos habían hecho una revista turística. En el trascurso de ese proyecto yo trabajaba con Martin vendiendo publicidad y por las noches siempre buscando en qué bar pasarían los juegos de la selección argentina. Ahora que les iba por fin bien en ese proyecto sabía que ellos me ayudarían en esta parte triste del invierno, sería como si me dieran algo de gloria en el campo de fútbol dándome un pase de gol o dejándome definir el partido con un movimiento inteligente. Vino a casa con su esposa y me dejó algo de dinero; para ser exacto me dejó 100 dólares. Unos cuantos minutos después se fue. Ese dinero me alcanzó para cuatro consultas más con aquel doctor. “El Negro” ya había casi juntado casi el costo total de la boda. Yo limpiaba la casa, lavaba los platos sucios, casi en su totalidad dejaba todo limpio, menos el cuarto en donde dormía su cuñado (el nunca hacia nada). Al barrer su cuarto dejaba el polvo con rastro de papeles en el pasillo, eso me enfadaba. Un día al abrir el congelador había unas bebidas de un licor preparado. Las tomé porque pensé que eran del “El Negro”. Al día siguiente en el desayuno le dije que me había tomado esas bebidas, él me dijo que no eran de él y sonrió un poco. Yo tomé como pago el tomarme esas bebidas por levantar durante meses el polvo de aquel pasillo. Ese mismo día subimos a la habitación donde él dormía, era una habitación totalmente equipada para un matrimonio, en el peinador tenía una fotografía donde él estaba con su novia, tenía una terraza donde se podía ver la lluvia (imagino que con un buen jazz de fondo). Prendí el televisor y encontré el juego de los potros de hierro del Atlante contra el Cruz Azul. El juego se tornó con dominio de los cruzazulinos, ellos tenían un jugador rapidísimo y con gran técnica individual, Cesar “El Chelito” Delgado, no tardó mucho para hacerse presente en el juego. Una mala salida de Federico “El Jefe” Vilar al no cortar un centro frontal, “Fede” como le decimos los aficionados al Atlante, él era nuestra estrella, falló en ese instante. “El Negro” me dijo torpe y volvió su vista hacia mí. El juego continuó. No recuerdo bien el minuto ni en qué tiempo cuando marcaron una falta al borde del área grande de la portería cruzazulina. “Fede” tomó el balón en sus manos y lo colocó cerca de él, su traje de portero color negro relucía en el estadio. Yo le dije al Negro: ­“él va a meter ese tiro libre”. Él me dijo que no iba a hacer eso ese perdedor. La barrera estaba en su lugar. “Fede” tomó distancia. Adelante de la barrera rival estaba Patricio “El Pato” Galaz; “El Jefe” Vilar se dirigió con una velocidad enorme, golpeo el balón con brutalidad y salió un tiro raso y colocado a la derecha de Oscar “El Conejo” Pérez. Él no pudo atajar, Vilar salió eufórico a festejar el gol. “El Negro” hizo una cara de enfado. Yo grité gol una vez. Ellos dos. Atlante ganó ese partido. Ya caía la tarde cuando “el negro” me dijo que si lo acompañaba a hacer el último pago. Me sorprendí al llegar al salón de eventos, quedé como en fuera de lugar, como si entrara de cambio en un juego donde todo está perdido; ese salón ya lo conocía, ahí había vivido un gran amigo que había muerto, el que regresaba los días de silencio. Nunca supe bien de qué murió, sólo lo vi en el ataúd. Vivía en la parte de arriba con su abuela, era su única compañera. A veces iba a ese departamento con él a comer o para invitarle una cerveza. Al llegar a la oficina para finiquitar la cuenta de la boda me percaté que la mujer que atendía en ese momento era la madre de mi amigo fallecido, eso era como haberme salvado de una expulsión en un momento complicado del juego. Ella me tomó de la mano fuerte y el Negro nos vio detenidamente. Ella le dijo al Negro: “me hubieras dicho que eras amigo de Rubén, para mí ya es un caso especial, el paquete de bodas que compraste ya no será el mismo, te daré el más caro por cortesía de la casa”. Eso a mí me agradó ya que tenía una deuda con él, con esto sabía que el Negro se daría por pagado por esa incomodidad de tenerme en su casa. Fue como festejar un triunfo del Atlante cuando había oportunidad. Al mes siguiente ya las cosas habían cambiado. Rento mi hermano un departamento amueblado. En todo este tiempo sin trabajar y con problemas del corazón me sentía como un futbolista fracturado y sin poder jugar. Mi hermano, como un gesto de fraternidad conmigo rentó el departamento con su dinero. Vi a mi viejo amigo Martin con sus hijos en un supermercado. Supe que era él porque traía una playera de la selección argentina; lo saludé, no pudimos platicar, nos despedimos con un buen abrazo. No lo he vuelto a ver. Espero encontrarlo algún día aunque sea para platicar de algunas jugadas o resultados inesperados, como ese día en que ganó el Atlante. El Negro se casaba ese día. Compré un traje en las tiendas de ropa usada, olía a húmedo. Fui a la boda con mi hermano. En la pista vi bailar al Negro, vestía elegantemente un esmoquin. Su mujer intacta con el vestido de novia en su piel, era como ver al Atlante con su traje tradicional de color azul-grana. Un fotógrafo llegó hasta nuestra mesa, nos tomó una fotografía a mí y a mi hermano. Sólo bebí poco whisky. Amanecía en mi departamento; viendo el juego de Atlante grité gol otra vez, el equipo contrario grito tres. El Negro hubiera visto una tragedia más en mi vida. Tiempo después tuve que dejar ese apartamento porque el arrendador era un grandioso gruñón, cortaba la electricidad, nos reducía el agua y no había caliente, eso ponía de mal humor a mi hermano; el arrendador golpeaba por las noches siempre a su mujer, eso no nos dejaba dormir. Decidimos irnos sin un rumbo fijo. Un día yo y mi hermano tomábamos café en la cafetería central, un hombre con aspecto de vagabundo leía el periódico de deportes, en la portada del periódico leí: “Los Potros de Hierro siguen en espectacular caída y con problemas de descenso”. Ese día cayó una lluvia torrencial. Mi hermano y yo no sabíamos donde dormiríamos esa noche. Tomé una servilleta y escribí un verso que recordaba “hoy amanecí dichosamente herido de muerte natural”.

Rubén Macías Esparza

23 febrero 2013



1. LA SOLE


Soledad se abraza al cuerpo del hombre que la incita. Se instala en su habitación con grandes tragaluces. Hay algo en ese cuerpo particularmente delicioso... intoxicante.
Soledad no habla de amor en las noches.
Habla del mundo y sus miserias. Se enfurece y maldice para luego reír a carcajadas. Hay algo en la voz de ese cuerpo, en sus palabras, que hipnotiza. Su compañía le nutre más, le resulta más satisfactoria y plena, que la efervescencia de mil pasos nuevos.
Soledad no habla de amor en las noches, mucho menos en los días.
Soledad, apenas, se abraza al cuerpo del hombre que la incita. Y al amanecer, retoza embelesada de recuerdos, disfrutando los dolores frescos que atestiguan el paso de ese hombre por su cuerpo.

2. DE LAS FOTOGRAFÍAS INEXISTENTES


Soledad lleva fotografías en su cartera: sus padres, sus hermanas, la abuela Tomasina... Kika, la bulldog inglesa que la acompaña en sus tardes de lectura. Sobre su escritorio, la credenza y las paredes de su estudio, imágenes diversas: momentos, personas, lugares entrañables. Memorias de su paso por el mundo.
Para Soledad esas imágenes son objetos atesorables. Sin ellas sus paredes -y su vida- lucirían vacías. Porque cada una es un recuerdo, un instante mágico en la vida, como pepitas de oro que brillan entre los guijarros monocromáticos de la cotidianidad.
Sin embargo, hay fotos inexistentes. Al menos sin espacio en las blancas paredes de su departamento.
Fotografías que se llevan tatuadas en la piel, bajo la ropa... por debajo, incluso, de las prendas más íntimas. Imágenes de sus manos [las de él] justo al límite de su espalda [la de ella]; close-ups de sus labios a punto del beso en una noche lluviosa. O sus sonrisas plenas, después de amar.
Esas fotografías no existen, ni en plata/gelatina, o archivo jpg... vaya, ¡ni en polaroid!
Son imágenes que Soledad conserva, también de manera entrañable y llenándole la vida, prendiditas de las paredes del alma.

3. DEL CUERPO DE ESE HOMBRE


Soledad se regocija en contemplarlo. El cuerpo de ese hombre, forjado al calor del desierto, con la piel curtida por la arena; es mineral, carbón de piedra que le funde las entrañas cada vez que [espada] la penetra. Mástil nocturno al que se aferra cuando, en su furia, el vendaval de la pasión amenaza con rasgar sus vulnerables velas.
Templo de saber inagotable, de todas las páginas acumuladas, de memorias sonoras que su voz reproduce -suave- cuando la colisión de los cuerpos firma la tregua.
Soledad se pierde en su beso que provoca antropofagia -que le despierta apetitos vedados- y se alimenta de él sin mesura, felina y zalamera. Porque su piel tiene sabores de milagro, se desvive en atizar la cúspide de sus empeños a fuerza de besos sin recato. Y resulta complicado interrumpir el campo magnético que se genera cuando, oscilantes, terminan derramándose en la tierra.
Ese cuerpo está hecho de hierro y madera, de mármol, sal y piedra; de noche y huesos, de carne y fiesta. Soledad, se regocija en contemplarlo y, en la distancia discreta, lo espera.

4. DE LAS NOCHES


Soledad es mujer de hábitos nocturnos. Puede escribir hasta entrada la madrugada, con apenas pausas para cambiar de disco, servirse otra copa de vino, estirar las piernas, ir al baño... y cuando la ansiedad le sorprende sin compañía, para hacer llamadas íntimas a algún amigo de confianza que igual duerma solo.
Soledad conoce los alcances de su voz, los efectos de sus matices, de sus pausas; de sus palabras oportunas cargadas de concupiscencia. Y a su vez, pocas cosas encuentra más incitantes -a distancia y en persona-, que la voz grave de un hombre describiendo atmósferas, sensaciones, deseos.
Cuando las distancias y las agendas le impiden el contacto; cuando lo súbito de un anhelo dicta la urgencia, Soledad recurre al teléfono. No es lo mismo, es cierto, pero le resuelve el problema al menos hasta el día siguiente. Porque siempre habrá un día siguiente para encontrarlo a Él y a su cuerpo generoso, vasto, irresistible. Siempre habrá un día siguiente... y de vez en vez, algunas noches.

5. DE LO QUE ESCRIBE SOLEDAD


Algunas veces las historias son retazos de su vida.  Como aquellas grandes colchas que la abuela Tomasina armaba con trozos de ropa y sábanas viejas, en las tardes de verano, sentada en el porche de su casa.  Soledad selecciona con cuidado de entre el armario de los recuerdos, algún amanecer memorable, la emoción de alguna noche clandestina, las miradas lacerantes de algún hombre de otros tiempos.
Y termina pariendo hermosos mutantes, capirotadas en letras que, con todo y la asincronía de tiempo y espacio de sus ingredientes, le resultan deliciosos.
Ahora que tampoco duda en verter su acalorada imaginación a partir de fantasías acumuladas en la entraña.  Y construye escenarios ficticios, personajes con patologías diversas; argumentos que justifiquen procederes temerarios, eufóricos.  Alguien alguna vez le incriminó: “Escribes de todo aquello que quisieras ser y no te atreves…”  Puede que tuviera razón.
Sin embargo, sus momentos de mayor lucidez poética o narrativa, surgen cuando algún hombre merodea sus sueños. Cuando se le cuela entre los poros y la inflama de ansiedad.  Cuando los besos le dejan la boca morada y el alma diluida en tinta.  Cuando el brillo de sus ojos la delata insomne, proclive a la embestida oscilante, urgente y voraz.
Es entonces su pluma liviana, ligera y disoluta. Generosa fuente de relatos e imágenes poéticas que navegan de lo sublime a lo salaz. Su cerebro, estimulado por aromas y sabores, por la química de un cuerpo torrencial, no descansa y sigue, sigue una y otra vez, insaciable.
Las historias verdaderas, irremediablemente terminan, tarde o temprano. Pero desde hace tiempo decidió no escribir del miedo y del dolor. Decidió brincarse unas cuantas etapas del duelo y –literalmente- saltar sobre páginas nuevas. 
Porque no hay nada más incitante que las primeras miradas, los primeros roces, los primeros besos… la primera noche.  Así sea, tan sólo en letras.

 

6. DE LAS HISTORIAS SIN CONTAR


Soledad, en silencio frente al monitor de la computadora que le muestra una hoja en blanco, sonríe. Al parecer ha perdido la noción del tiempo. Sigue recordando. Intenta contar la historia. En su cabeza: aromas, sabores, texturas, melodías... y Él.
De pronto, la oscuridad del estudio le avisa que el Sol debió marcharse hace rato. Intenta adivinar la hora en el reloj de la pared, mas no lo logra. Despliega el taskbar: 8:47pm. Kika sigue dormida sobre el sillón.
Soledad sonríe, cierra la pantalla y se va. Hay historias que prefiere no contar, dejar inconclusas, detenidas por tiempo indefinido en el clímax. Porque todas las historias -irremediablemente- tienen punto final, sin embargo, para efectos de ésta, Soledad aún tiene muchas letras bajo la manga.

7. DE LAS PALABRAS


A Soledad la matan las palabras. Las letras son su debilidad, su talón de Aquiles. Se dice que por apenas un par de estrofas -apresuradas, incipientes, sin embargo incendiarias- vertió su tinta generosa por casi dos años. Se rumora también, que la sola promesa de un idilio epistolar le mantuvo en ebullición constante el alma por un mes, y las letras -condensadas- tuvieron que ser retiradas del techo y las paredes de su alcoba, cuando un punto final le arrebató de las manos el argumento de su historia.
Es más, hay quien asegura que un poema -sin gramática ni sintaxis correctas- fue suficiente para que hiciera la promesa que involucra arroz y bendiciones oficiales.
Soledad no aprende.
Su sed es de aquellas que no se sacian leyendo sonetos dedicados a musas distantes; no se consuela con imaginarse Matilde Urrutia, Norah Lange o la más insignificante amante de Sabines. No.
Ególatra y narcisa, anhela saberse ocasión de sueños clandestinos, fuente de fantasías inundadas de lascivia... pretexto para la tinta derramada sobre sábanas. A Soledad la matan las palabras. Por eso escribe, porque tiene la certeza, la total y plena convicción de que en esta vida todos debemos ser recíprocos.

 

8. DE POR QUÉ NO HABLAR DE AMOR


Soledad no habla de amor en las noches... mucho menos en los días. Al menos no del amor como lo pintan las comedias románticas y los cuentos de hadas. Ese amor edulcorado en rosa fiusha que se explota cada 14 de febrero. Del que se aprovechan la industria de diamantes, vestidos de novia, y resorts para honeymooners. Ese amor del "...felices por siempre" y "hasta que la muerte nos separe" cuya monogamia institucionalizada respalda la -infame- epístola de Melchor Ocampo.
A Soledad le costó muy caro aprender la lección. Heridas profundas. Lágrimas aún frescas.
Ahora prefiere las teorías bioquímicas y eléctricas. Le agrada la idea de su cerebro estimulado por la alquimia de otro cuerpo. Reconoce que hay pieles que incitan sus sentidos. Y disfruta hasta el delirio del campo magnético que genera la fricción acompasada de las ansias. No ignora los riesgos, por ejemplo: la adicción que genera el dejo de tabaco de una lengua habilidosa.
Soledad se sabe aún vulnerable. Sin embargo, no habla de amor... prefiere dejar que las voces desde el iPod lo hagan por ella y cuenten las historias que no habrá de escribir.
Mónica Morales Rocha



Del Artista y su Dama

Cuando todo se va y el cuarto es la cápsula, cuando las noticias del televisor son una playa consentidamente humana, allí, el abraso del calor en los cuerpos rompe incompatibilidades, destroza diferencias al sumo empollo de ese lugar apolítico viciado de rebeldía, bunker de sentimientos al que le importan un bledo el frío y el cielo gris de este invierno donde las noches nos ocultan otro siglo de tragedias. El diálogo de las almas desnudas son la carne bajo las sábanas, frazadas y acolchado sin orden, el apego entrelazado como dos fibrosas enredaderas copulando su savia, latiendo el profundo respiro de la ternura, de la protección de esas horas que no serán eternas. De la inclemente época que patea el pecho de los pobres, que desgarra cuarentenas de la caridad, las mantas son el refugio apolillando la evocación de los que están lejos. El cuerpo, la vasta necesidad, el día a día del trabajo social más viejo del mundo. “Y otra más que sale rana” dijo el gallego tutor de las desesperanzas, alerta caballero de las doncellas desvirgadas en las trampas del cariño. Así danza la historia, con la cortesana amante de soledades dando ternura a las trampas del artista en su cuarto del lupanar, en las puertas cerradas como si afuera ya no hubiese nada, ella ya cumplió su horario, él será el ensueño de otra madrugada cobijados a ese mundo creado con el insomnio, a ese dibujo, cuento, realidad que parece ser una película diferente que están creando desde sus entrañas…

La taquilla de los teatros agotados los ven merodear en las noches. Sus curvas veedoras de los deseos juegan con la debilidad de los hombres, estirando agonías, reduciendo las paciencias, libando su recreo, su natural actuación sin pausa, frenética; consiente roba la escena de las tentaciones. El erotismo de sus caderas, la dulzura de su ser que ya no le asombra nada, los años de experiencia en la oferta de su caro cuerpo. En el otro rincón él entra en un perfil bajo, llama la atención como a la incógnita patente de su vida. Luego los dedos en la guitarra con sus letras donde no faltan mujeres como esa Muñeca Brava. El Negro lo acompaña con la otro viola, los demás miran su ensayo de casualidades, se asombran, se excluyen por el intruso conocido que ya encontró la mirada de ella en un pasar, pero no se detienen, se ven actuar cuando el otro está descuidado encendiendo la luz a los comensales. Son parte el uno y el otro, hay más músicos, cantantes, jugadores de pool, damas, vicios y alcohol. Pero cuando entra a tornear la calma se descubren ante los que no saben, están cada vez más juntos, cada uno habla su sapiencia. Se miran cómplices, se hablan como los conocidos que son. El erotismo, la elegancia y el deseo piden la última cerveza. Salen bebiendo por la calle ante la mirada y el silencio de todos, dejan la estela de un romance de arrabales con las luces de neón que marcan las leyendas. Están cada vez más perdidos, están cada vez más juntas estas dos tormentas que abusan de la osadía, que tiemblan, pues saben que se están cocinando a fuego lento en la hoguera de sus pasiones, de sus pasados turbios, de sus historias de años que pueden ser décadas, de alegrías y tristezas. De aventuras. De lo que hoy sienten como nuevo por haberlo dejado tan lejos, casi olvidado en algún rincón del alma, en lo que brillan sus ojos frente a frente por la pintura de los cuerpos desnudos, en los días eternos de sus abrazos en la cama, en los sueños de protección dentro del mar de sus calmas. En días que dejaron todo. En los espacios que ganaron ante la sucia sociedad. Son un espejo que deberán romper, saben del paseo que llevan sus vidas, pero ella es mas consiente que él, lleva la madurez de la mujer para disfrutar, sufrir, levantarse y seguir. Él es el hombre, el caballero inmaduro al son de la falsa frialdad. Así la historia vibra los vértigos entre vicios, amor, alcohol, tranquilidades y sensatez. Locuras de unos meses para el artista y esa mujer intensa que se siente como dice nunca se había sentido, y sin miedos dice “Te amo”... se saben que pelean una batalla perdida que les dejaría heridas… que se desangrarían a sus mercedes, porque hoy será la última vez que se vean. Ella huirá, él se quedará dejándola partir en una pieza regocijada de vida donde se dará parte al vacío, donde ambos con el tiempo mirarán atrás. Ella 28, él 35, con mares de historias para mil novelas se animaron a perder otra vez, tan sólo por ganar lágrimas caer de verdad… ella dijo una vez: “Una no elige de quien enamorarse, y yo me he enamorado del hombre equivocado. Me estoy volviendo loca contigo”. Él se sintió complacido y luego, antes de que partiera, cuando lentamente se vestía le repitió su frase: “Como tú dijiste: uno no elije de quien enamorarse”. Ella hizo una pausa, se dio vuelta con los ojos llenos de lágrimas. Ambos se sintieron bellamente estúpidos. Se despidieron, se abrazaron. Ella salió y tiró la caja de cigarros mirando un camino parecido a la nada, flotando fuera del mundo, él se sentó en la mesa y bebió un whisky en la mañana, mirando los árboles del patio, convencido de que así es la vida, que todo queda prendido como un ovulo fecundado…

Maximiliano García
Escritor uruguayo nacido en Carmelo


07 diciembre 2011

A L M A LA CUENTACUENTOS

Agosto 27 de 2008.

Medianoche.

Hoy es domingo. Alma se prepara con esmero. Para este día especial, escoge un sencillo overol de mezclilla con un cierre al frente y una blusa azul cielo de manga larga, y sobre los hombros un abrigo largo de mezclilla, también. El atuendo justo. Le queda como un guante a su silueta delgada de adolescente.

Con un ligero toque de rubor en las mejillas y un poco de color de rosa en los labios y envuelta en una nube de fragancia de lilas, se dirige al centro de la ciudad, donde el bullicio de la gente en su paseo dominical por la vía recreativa aumenta su alegría.

Alma recuerda que desde muy pequeña anheló ser artista, para ser exactos bailarina de ballet. Su sueño empezó el día que su padre la llevó al teatro, a uno de los más suntuosos de la región. Se sintió cautivada por la belleza de la música y por los magistrales bailarines que interpretaban “El Lago de los Cisnes”.

Sin remordimientos se alejó de su padre y de las tías solteronas que la criaron, para estudiar con ahínco en las mejores escuelas, primero de país y luego del extranjero.

La danza le ofrecía pasión, fama y viajes por el mundo, pero también, egoísta amante, le exigía una entrega absoluta. Por ella Alma renunció al matrimonio y a la maternidad e hizo de la danza el motivo de su existencia y felicidad.

Como todos los domingos, Alma se presenta en el mismo foro de arte y cultura, donde se reúnen los amantes de las artes o tal vez los solitarios que buscan compañía, donde todos matan las horas que les sobran.

Alma gusta de contar cuentos a los niños y les habla de valores y de la belleza de la vida y cuando se lo piden, y cuando no, también; deleita a chicos y grandes cantando canciones de arrullo, en un desconocido dialecto africano con cálida y cristalina voz o baila con música de canciones de cuna o de Cri Cri en una danza solitaria y espontánea.

Llama la atención su frágil y virginal figura, casi etérea. Se desliza por el foro con graciosas piruetas contagiando su ingenua alegría. Los rizos de sus finos cabellos danzan con ella imitando sus graciosos saltos y sus manos delicadas juegan con velos invisibles.

Su actuación sólo dura una hora. Al finalizar Alma agradece los cálidos aplausos con el rostro ruborizado, estirando levemente los lados de la falda de su largo abrigo, en una infantil caravana.

La magia del momento sugiere que alguien vendrá por ella en una limusina o tal vez en una calabaza encantada con chambelanes que la escolten y le brinden un brazo en que apoyarse.

En vez de eso, terminada la función se aleja solitaria entre la gente, con un ligero balanceo danzando imperceptiblemente con la música interna que sólo ella escucha por el especial privilegio que le otorgan sus setenta y un años.

Virginia Martínez Rizo.


02 mayo 2011

Inocente Colectivo





En el transcurso de la publicación de estos relatos, me topé con la agresión a uno de los estudiantes de la UACJ que se manifestaba en el Foro Internacional En Contra de la Militarización y la Violencia, en la cual yo participaba. Una agresión de un disparo cobarde, por la espalda, de uno de los elementos de la Policía Federal Preventiva al joven José Darío Álvarez Orrantia, a quien le dedico este trabajo con todo el cariño posible.



La primera frase, o por qué no, poema, la rayaste en ese puente donde tiempo atrás un hombre había sido colgado desnudo y sin cabeza. Esa frase la deletreaste ya abajo:



“Los amigos del barrio pueden desaparecer; la persona que amas puede desaparecer”.



La siguiente en un crucero donde vieron por última vez a Melisa, tu amiga que ahora sólo ves en pesquisas. Te dispusiste a pintar en una pared la imagen del rostro de Melisa en rojo. De pronto sentiste que alguien te veía y nada; de reojo viste unas letras que decían:



“Nunca Más”.



Seguiste pintando y te sentías contento porque ella salió sonriendo. Así te gustaba recordarla. Terminaste con una frase que te gustaba tanto que solías cantarla:



“Conozco esta ciudad, no es como en los diarios”.



Y te la llevaste tarareando a casa. Ahí te bebiste unos tragos y te embriagaste, pensaste en quien te había visto, abriste una ventana y viste a una chica pintar en un baldío de tu calle esta frase:



“Nada podrá ser como antes en Juárez. Nos han enfrentado, tenemos miedo de nosotros mismos”.



Y debajo de estas líneas lo que parecía ser su nombre. Se echó la lata de pintura en la mochila y se perdió de tu mirada. Tú te fijaste que nadie la haya visto.

Apuntaste la frase de ella en tu cuaderno y lo echaste a tu mochila. Te quietaste los convers y el pantalón dikies y te recostaste en el sofá. La pondrías en lo más alto, en un espectacular para cuando ella volteara a ver al cielo la pudiera ver.



Al siguiente día la viste en el periódico: “Capturan a grafittero”. Ella posaba en la fotografía con la cabeza hacia abajo. No se le distinguía el rostro por su cabello. Sabías que era ella, por sus pantalones bombachos y su playera de tirantes. Al parecer seguía con la misma ropa del último día que la viste. Cambiaste de plan, ya no iba a hacer la frase de ella sino un viejo texto de Julio Cortázar:



“A mí también me duele”.



Y lo hiciste como lo habías pensado en el espectacular más alto y mejor aún con reflectores.






Carlos Macías Esparza, (Ciudad Juárez, Chih. 1978).
Es adherente a la Otra Campaña.
Forma parte del Colectivo José Revueltas.
Ha participado en diferentes encuentros de Escritores de la República.
Está en la Antología Cinco Escritores Jóvenes
de la frontera, del Escritor Edgar Rincón Luna.
Ha aparecido en las Revistas: Pluma del Ganso, Alforja y Va de Nuez.
Tiene el libro inédito de poemas Sobre Ruinas.
Actualmente escribe sus primeros relatos: La muerte lugar común.

09 noviembre 2010

Chapalicum mare
Fernando Villaseñor Ulloa

Así como le cuento amigo, yo conocí el mar en Chapala, que tendría yo… unos seis o siete años, y pues, ya sabe que a esas edades uno quiere comerse el mundo y conocerlo de pasada.

En la casa teníamos una televisión grandota, de esas de bulbos que parecían ropero, que al encenderse tardaba mucho rato y hacía un ruido extraño, como un zumbido, los chamacos de hoy que esperanza que aguanten a que la tele se encienda tanto tiempo, mucho menos a ver el mundo en blanco y negro.

Total, que entre los comerciales de aquel tiempo bien jodían con vender viajes al mar, y pasaban en la pantalla a familias enteras siendo revolcadas por las olas, mientras los niños más pequeños jugaban en la orilla haciendo castillos con la arena.

Imagínese amigo a un pobre niño de ciudad, que la concentración más grande de agua que había visto era un charco que se hacía a unas dos cuadras de la casa en la época de lluvia, donde a escondidas íbamos los chamacos del barrio dizque a nadar.

Mi hermana la mayor (que es año y medio más grande) tenía también el deseo de conocer el “reino de Neptuno” y un día sin más ni más le dijo a mis padres:

¬¬-El flaco y yo queremos ir al mar.

Mi padre que observaba el fútbol en la tele, solamente se sonrió, pero mi madre, que planchaba en esos momentos una de mis camisas para la escuela, volteó a mirarnos con sus ojos tristes y simplemente nos dijo que no podíamos, porque para ir a un lugar así hace falta mucho dinero.

Si embargo a partir de ese momento no quitamos el dedo del renglón, y constantemente pedíamos se nos recompensara nuestra buena conducta con una visita a ese mágico lugar.

Mi padre era carpintero y tenía en aquel entonces veintitantos años, así que difícilmente el dinero que ganaba ajustaba para otra cosa que para vivir al día, pero esos detalles uno de niño ni cuenta se da. Bien decía mi abuelo que uno aprende a ser hijo hasta que es padre.

Ahora, treinta y tantos años después se me hacen nudo las tripas solamente de acordarme del milagro aquel que hizo mi madre con nosotros.

Nos notaba tristes y mi hermana hasta lloraba, por que según ella no nos querían.
Así que mi madre puso manos a la obra, y una tarde en fin de semana nos anunció con toda la magia de que fue capaz, de que al día siguiente nos iba a llevar a nadar entre las olas del océano.

Brincando de la emoción planeábamos todas las suertes y proezas que realizaríamos entre las olas y hacíamos planos mentales para castillos de arena irrealizables. Esa noche no pudimos dormir y al despuntar el día ya estábamos brincando de la emoción.

Mi padre nos acompañó hasta la central de autobuses que hoy es conocida como la “vieja”, que en ese momento me pareció el lugar más grande e impactante que hubiera conocido.

Esperamos un tiempo que me pareció eterno, y abordamos una de esas moles de acero con ruedas, que hacía un ruido estruendoso, minutos después, nuestro viaje daba inicio.

No amigo, la carretera no es lo que hoy vemos, había nada más un carril por cada lado y la gente subía y bajaba en todas partes, la paciencia de un chiquillo no es mucha, pero yo me aguanté calladito todo el camino, que me pareció eterno.

El viaje no estuvo tan largo, pero al bajar del autobús la magia apenas comenzaba, mi madre nos hizo caminar por la sombra y en un determinado momento nos pidió que tapáramos nuestros ojos, sin hacer trampa (los niños de antes no hacíamos trampa), continuamos caminando a ciegas pero despacio unos minutos, ruidos extraños y un aire cargado de aromas increíbles nos envolvían. Nos detuvimos. Mi corazón en serio se quería salir del cuerpo. Al recibir la orden de abrir los ojos no podía creer lo que veía.

Yates que pasaban a toda velocidad, lanchas con hombres que pescaban y la inmensidad del agua que convirtió a aquel día en el más increíble que recordara.
¬¬¬-Las olas, las olas –gritaba mi hermana sin parar.

Nos encueramos en la playa y nos metimos de inmediato al agua, jugamos con la arena, coleccionamos conchitas y por un día fuimos los niños más felices de este mundo.

Nunca nos cansamos y cuando hubo que comer nos resignamos a construir aquellos castillos de arena que tanto habíamos planeado.

Desafortunadamente el día terminó pronto, ya ve que siempre terminan pronto los días cuando uno la está pasando bien, y mi madre dio la orden de volver, cuando comenzamos a caminar rumbo a donde tomaríamos el camión de regreso le pregunté a mi madre:

-¿Cómo se llama este lugar tan hermoso?

-Este es el mar de Chapala.

Contestó tan firmemente que aún en la actualidad y después de tres décadas lo sigo creyendo.

Se lo cuento amigo para que no me mire como a un loco sólo por que le digo a mi hijo que estamos en el mar de Chapala, el tendrá apenas seis meses de edad, pero nuca es demasiado pronto para conocer este maravilloso rincón del mundo, y estas lágrimas, le aclaro, no son de tristeza por un pasado inalcanzable, son de alegría porque en el mar de Chapala el agua está de regreso.


Fernando Villaseñor Ulloa,
Es escritor, ha colaborado
en distintos medios. Labora
para la biblioteca del CUCBA,
UdeG. Es tercer lugar en el
certamen Chapala: Puros Cuentos.

24 marzo 2010

LUIS


Tengo miedo, lo llevo adentro desde el día en que Luís se ahogó en la laguna. En ese entonces teníamos siete años de edad; hoy yo paso los cuarenta.

Andábamos juntos de un lado a otro; estábamos en la misma escuela, en el mismo salón, vivíamos por la misma cuadra. Ignoro cuándo nos conocimos, a lo que recuerdo siempre estuvo ahí.

No era raro vernos bajar al lago por las tardes. Nos gustaba que el viento proveniente de sus entrañas nos ondulara la ropa, haciéndonos sentir capaces de volar aún más allá de los cerros que lo abrazan. Al llegar el inicio del ocaso, perdíamos la vista observando la canoas tripuladas por pescadores alejarse de la orilla al ritmo de un compás inacabado.

Pescar nos deslumbraba, estábamos seguros que en ello se encontraba la felicidad, pues los hombres de tarraya al retorno de su travesía e independientemente del botín obtenido, tenían impresa una sonrisa en el rostro.

El inicio del fatídico suceso ocurrió cuando en una de esas visitas al lago encontramos por el camino un carrete de hilo de cáñamo verde turquesa, cuya textura se prolongaba largamente hasta transformarse en un gancho de metal platinado.

Ansiosos por nuestro descubrimiento lo tomamos del piso y corrimos hasta el margen del espejo líquido. Desesperados cogimos un gusano que temerariamente pasaba al lado de nuestros pies, lo ensartamos en el anzuelo con la intensión de capturar una carpa.
Alguna vez escuché que lo que tiene qua suceder sucede, que aunque se trate de evadirlo no hay camino ni fin distinto al que se tenía establecido con anterioridad; quizás por eso el lago se encontraba tranquilo, sereno, como invitándonos a acercarnos, al igual que el anzuelo lo hacía con los peces.

Pasaron más de dos horas desde que habíamos lanzado la trampa y el resultado continuaba en cero. Poco a poco, los tonos amarillos producto de la agonía del sol desaparecieron a nuestras espaldas, dejándonos atónitos ante la inmensidad del agua.

Los pescadores regresaban de su faena cotidiana, habiendo logrado cada uno de ellos llenar al tope su canoa con peces. Tristemente confundidos Luís y yo nos miramos mutuamente, nosotros no habíamos pescado nada. Un extraño calambre me circuló por la columna vertebral cuando Luís me dijo:

-A lo mejor es que los peces están más adentro, y aquí no vamos atrapar nada. ¿Y si nos metemos en una lancha? ¿Tú crees que podríamos pescar algo? ¡Vamos!

No podía decirle que no, Luís era vengativo, muy probablemente se enojaría conmigo y a pesar de ser amigos, con algo desquitaría mi negativa.

-Sí. Le respondí, con una pierna ya adentro de la canoa.

Tomamos los remos dirigiéndonos hacía zonas de mayor profundidad. Soltamos el anzuelo, no tardamos más de tres minutos en percibir un fuerte tirón en el cáñamo. Jalábamos intensamente, pero el peso de lo que se encontraba sujeto a la carnada nos arrastraba a lo largo de la embarcación. Luís decidido a no perder la presa enredó un tramo del hilo a su cintura, se tambaleaba; nunca tuvo miedo, ni en el momento en que estrepitosamente sus pies abandonaron la canoa para introducirse en el agua, ni en el segundo en que cansado de luchar contra el lirio que lo mantenía sumergido terminó por ahogarse.

El cuerpo de Luís no se encontró. Nadie me culpó por su muerte, es más, decían que era un milagro que yo me hubiera salvado, que yo siguiera aquí, lo que no saben es que Luís nunca se marchó.

Con el paso de los años fui tratando de olvidar dicho episodio, pero Luís permanecía al asecho evitando lo lograra. Cada noche, al encontrarse el lago quieto como un vaso con leche, el aroma inconfundible del agua con el lirio impregnaba mi habitación anunciando su llegada.

El irremediable fenómeno del desarrollo hizo presa de mi anatomía, mis emociones, mi intelecto.

Crecí al punto de dejar de ser aquel que observó cómo Luís moría. Él no comprendió este proceso, insistía en jugar conmigo. De cierta manera le agradezco no me haya dejado solo, porque siendo sincero, el fue el único con disposición a escucharme cuando lo necesitaba.

Fue durante mi ingreso a la Universidad en Guadalajara que descubrí la incapacidad de Luís para viajar conmigo, su presencia se limitaba hasta donde el olor del agua con el lirio se resquebrajaba; por eso regresé a Jocotepec cada fin de semana mientras duraron los estudios, al terminarlos decidí quedarme a vivir aquí.

La situación laboral me favoreció proveyéndome con lo suficiente como para abandonar el hogar paterno. Luís me acompañó, juntos pintamos la casa que adquirí, juntos decidimos los muebles que compré.

Todo parecía marchar por buen rumbo, pero Luís cambió el día en que conocí a Fernanda. Ella era la criatura más hermosa que jamás había encontrado, me enamoré como antes no lo había hecho, disfrutaba estar a su lado, disfrutaba de sus ojos, de sus manos, de su voz. Terminé por pedirle nos casáramos, a lo que alegremente accedió.

Cuando Fernanda llegó a vivir a la casa se le perdían las cosas, le apagaban los focos, le abrían los grifos del baño. Yo sabía que Luís era el responsable, lo regañé, por un tiempo se calmó, creo se sintió ofendido.

A Fernanda no le conté sobre Luís por temor a que se alejara de mí pensando que estaba loco, además no pasaron más de seis meses cuando felizmente me comunicó sobre el embarazo, y en ese estado tal noticia podría resultar catastrófica. Me encontraba flotando sobre la superficie ríspida que suele ser la cotidianidad, volqué mis atenciones hacia Fernanda, Luís me reclamó el abandono, no le hice caso.

Al arribar el plazo natural nació un hermoso niño al que llamamos Ariel, el corazón se me hincho de alegría, la vida era buena. Con la llegada de Ariel me olvidé por completo de Luís, creí que él también se había olvidado de mí, me equivoqué.

Justo un año después del nacimiento de nuestro hijo, Fernanda en su camioneta salió con él con destino Ajijic, para pagar la cuenta del teléfono en las oficinas de la compañía que nos proveía el servicio, pues el recibo de ese mes no llegó al buzón de la casa.

De regreso, antes de llegar a la Piedra Barrenada, la camioneta de Fernanda se quedó sin frenos, ella no se percató hasta que un trailer que venía en dirección opuesta por su mismo carril la obligó a frenar estrepitosamente para evitar el choque. Al sentir que los frenos no le respondían Fernanda viró el volante del vehículo a la izquierda tratando de esquivarle, pero la parte delantera del trailer hizo contacto con la camioneta haciéndola girar serpentinamente por los aires cayendo de lleno en la laguna.

El acta de defunción de Ariel y Fernanda dice que murieron ahogados. Los cuerpos fueron recuperados fácilmente a pesar de las grandes cantidades de lirio, debido a que el agua del lago se encontraba tranquila. Devastado, después del funeral regresé a mi casa, Luís estaba esperándome en la puerta de la entrada.

–¿Ahora sí vamos a poder jugar? Me preguntó mientras sonreía.

Tras escucharlo la sangre de mis venas migró hacía mi garganta, quise matarlo, no podía, el muy maldito...

El dolor era tanto que decidí irme de Jocotepec con la intención de nunca retornar. Han pasado algunos años desde esa fecha, hoy he tenido que volver. Del cementerio me avisaron que encontraron fuera de sus tumbas los huesos de Fernanda y de mi hijo. Los encargados piensan que algunos vándalos lo hicieron, yo en cambio sé quién fue.
Tengo miedo, mucho miedo, cuando venía del aeropuerto me percaté que el agua del lago estaba tranquila, el ambiente está impregnado a lirio.

¿Quién anda ahí?

¡Luis! …

¿Eres tú?

Raúl Contreras Álvarez

02 enero 2010

La Pinta

¨El que a los veinte no es valiente, a los treinta no es casado y a los cuarenta no es rico, ese es gallo que clavó el pico¨. Del sesenta y siete a la fecha, ya le caí a los cuarenta y el versito que a los veinte me causó risa y a los treinta sentí cabalmente cumplido; el estado de cuenta hoy me dice que tengo que erguir el pico o dobletear turno. Nunca me consideré un problema para mis padres. Lo mío siempre fue el buscar la palabra correcta, la timidez, el desvanecerme entre la bola y esquivar el menor de los problemas, la disciplina era fuerte en casa y más valía no buscarle ruido al chicharrón. Pero… ¿Cómo darle la espalda a las tentaciones? Ramón, el hijo de la seño Aurelia, me tocó de compañero, y ese territorio inhóspito que me parecía la escuela en los primeros años, a Ramón le había servido de cuna, las historias de varazos y descalabros causados con el borrador de la seño Severa y la leyenda de la niña sepultada en la segunda planta de la escuela, eran propiedad intelectual de mi coposeedor de mesa-banco. Entonces, no puedo negar el sentimiento de seguridad y respeto que me causó, el saberme su amigo. Nada como amistar con el dueño de la plaza, dicen los plebes de Culiacán. Mas el precio llegó y había que pagarlo.

–¡Tú bien sabes que nunca me he hecho la pinta!, si mi jefa se entera, me va a poner una, que no me queda hueso sano, me cai. Ámonos a la escuela Ramón, chance y todavía está la puerta abierta, y no pasa que la seño Aurelia nos regañe.
–¡Qué escuela ni que nada! Dijimos que nos íbamos a la playa y no nos vamos a rajar. Mira, ya está la puerta cerrada, “valió maye” dijo Tello. ¡Ora sí! Tú dices a quién le topas ¿a la seño Aurelia o a tu mamá?
–No, pos me la pones fácil, ¿tú bailarías con María la del panteón?
–¡No manches ratón!, soy capaz hasta de estudiar, pero no me pidas eso.
–Ahí está, pa donde le busquemos está difícil.
–Te prometo, mi ratón, que no te vas a arrepentir. Vámonos ándale, compramos un birote con cajeta ahí con Chepa la de Mere y nos vamos pa la laguna.
–¡Hay camotes, calabaza! ¡¿No va a querer camote?!
–Órale, ratón, ahí te habla Don Lupe.
–No, paso. Yo prefiero mi birote. Ámonos ya, aquí en el mercado no falta quien nos vea y ya ves que aquí en Chapala, hay más chismosos que carpas en la Laguna. Antes de media hora mi mamá ya nos anda poniendo una tunda.
–Está bien. Ya nomás compramos unas papas en el súper de Don Fernando y nos vamos.
–¡Estás loco, ahí está diario Don Polo en la puerta!
–¿Y?
–¿Cómo que “y” Ramón? Es compadre de Don Robe y casi diario viene mi jefe a saludarlo. Capaz y le platica que nos vio.
–Ándale pues, tú apúrate y hazte como que vamos a un mandado a la parroquia.
–¡Uy sí, güey! Con lonche y refresco, ni que fuéramos a Talpa.
–¿Trajiste tu short o te piensas bañar en calzones?
–Sí, aquí lo traigo.
Las olas, la brisa, la playa, parecían dispuestas sólo para aquellos nóveles aventureros. El miedo se dispersó con el agua, el hambre desapareció con la suculenta vianda de Doña Chepa y la mañana nunca como hoy transitó intangible.
–¿Cuánto cobrarán la alquilada de las llantas? ¿Traes dinero?
–Sí, pero las llantas sólo las alquilan los domingos. Entre semana no vienen; y en lunes menos.
–Entonces, ¿no crees que venga hoy Chema el heladero? Nomás de escucharle su cantar de: “helados hay helados”, me imagino las manos pegosteosas y me veo quitándole el pedazo de cajeta que traen los de vainilla.
–Tú nomás pensando en comer ratón. Mejor sécate y vámonos al cerro de la cruz. Subimos acá por Lourdes y desde allá arriba vemos la forma de escorpión que dicen tiene la isla de los alacranes.
–Pa mí que esa es otra de tus historias.
–¿No me crees? Vente, vámonos.
Benditos ocho años. Como dice la feria de las flores, no hay cerro que se te empine, y antes de media hora, habíamos alcanzado la cima aquella, coronada por la emblemática cruz. Y por más temeraria que fue nuestra imaginación, la forma de escorpión de la isla, jamás se llegó a percibir, lo que avizoré sin el menor esfuerzo era el cúmulo de cates, fajazos, gritos, empellones, moretes y sopapos que el auto-impuesto asueto nos devengaría y pues aprovechando la inmediatez que me unía a la cruz, no me quedó otra que empezar a rezar. La tarde había llegado y el reflejo de la luna en el Lago, me hizo temblar.
–¡Ora tú! ¿Qué tanto murmuras?
–No murmuro, rezo. Yo no sé pa que te hice caso. A esta hora ya nos han de andar buscando, y no es que andemos jugando a las escondidas, te aseguro que aquí no va a haber quien diga, una, dos, tres por mí y por todos mis compañeros, de esta no me salva nadie.
El desasosiego que me causaba el encuentro con mis padres pronto se vio superado por el pavor que aún me causa la oscuridad. Si alcanzar la cima fue trámite por demás expedito, el descenso fue suspiro fugaz. Obviaré el encuentro con mis jefes, sólo les diré que todo resultó como dicen los partes médicos de lesiones: por sus signos y síntomas, el auscultado sólo muestra lesiones que tardan menos de quince días en sanar y no ponen en peligro la vida.
La vida siguió, cambié de escuela, de amigos, maestros; forjé una profesión y una familia. El recuerdo del día de pinta persistió más allá de los moretes, así como la amistad con Ramón. Hoy, plantado como el respetable maestro de Literatura, tengo el placer de nombrar entre mis pupilas a Mayra González, hija de Ramón y con propiedad le hablo a ella y a sus compañeros de responsabilidad y de cómo deben privilegiar las obligaciones al relajo, y de cómo su profe siempre cumplía con su deber… Quién me viera.

Rubén Salcedo
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KAIRA Y EL LAGO DE CHAPALA
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Voy por la carretera muy despacio, bajo la velocidadsólo con la intención de verte, platicar contigo, vercómo luces el día de hoy. A decir verdad estás espléndido, te mando besos, arrumacos,bendiciones, en respuesta te mueves ondeando el cuerpo.
Te sonrío, eres como mi nieta a sus escasos tres meses;según ella camina, habla, ríe, en fin, todo como si fuera unser adulto hecho y derecho. Veras, mi querido lago, algún día te llevaré a conocerel mar, el gran océano, ya veremos si te encoges y te das cuenta que eres sólo el mar chapálico; pero aun asíambos son una ternura, con esa inocencia,inicio de vida apenas brotando en cada crestade tus orgullosas olas. Los amo a los dos, doy gracias a Dios por estar en mi vida y contagiarme de pureza en la rutina diaria.
Evelia Lara Sierra
8 septiembre 2009

21 octubre 2009

CAMINO ELEGIDO
Un peldaño más, y otro, y otro…

El tiempo había perdido su color; igual la vida. El silencio se rompía con el ruido de sus pasos que cada vez eran más débiles. ¿Cuánto había bajado? No importaba. Lo único que lo mantenía de pie era la esperanza de llegar al final de esa escalera interminable. Y eso quería. Conocer el motivo de su delirio; descansar de aquella tortura sin nombre que había comenzado un día cualquiera: El ruido del despertador, el baño, la loción; el traje que vestía todas las mañanas, la cortina; el golpe de la puerta al salir del departamento. Luego sus pasos; los mismos que había dado tantas veces, y la escalera: el comienzo; el primer escalón y ahora esto: un hombre desecho; desquiciado por el rencor contra sí mismo. No podía detenerse; no quería. Se aferraba a algo inexplicable. Y es que a cada peldaño el barandal se alargaba más y más, al tiempo que su estupor crecía. Hubiera sido muy fácil derrumbarse ahí, en un espacio desconocido, pero no. Decidió continuar luchando contra la penumbra; contra su deseo de alcanzarla y ser parte de ella para descansar de una vez. No soportaba más ese martirio, esa ruina del alma que era la angustia de no llegar a ningún lado. Ese horrendo delirio es en lo que se había transformado el descenso diario. Una angustia interminable, sin ventanas, ni puertas. Nada. Sólo eso vacío y el muro que se extendía a la par de sus pasos. Ciego, voraz; lo tragaba sin importarle su dolor; sin compadecerse de él. ¡Ay!, cuántas veces había estado tentado a entregarse. A quedarse sentado, y apoyarse en sus brazos para dormir. Pero no; él no. Siguió como si alguien guiara sus pasos y lo mantuviera ahí, bajando, olvidándose del pasado. Llevaba su cuerpo al nido de lo desconocido sin pensar en nada más.
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¿Volver? Eso nunca. Estaba perdido en la lucha contra sí mismo, en ese muro blanco, en esos peldaños interminables, en ese barandal infinito. Temía y deseaba descender más, y seguir en aquel lugar que ya no era el que conocía; el que miraba siempre. Eso había quedado arriba, muy arriba; ahí donde aún ladraban los perros, y se escuchaban las voces de los vecinos. Eso había terminado. Ahora debía llegar a ese lugar. Debía continuar el camino, sin esperar nada; soportando la ansiedad que le derretía el alma y debilitaba sus piernas. Nada es para siempre, lo sabía bien; se lo repetía a cada instante. Cuando el agotamiento lo orillaba a entregarse sin dignidad, cuando al final de cada tramo todo comenzaba de nuevo, intentaba consolarse.
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Entonces sin separar su mano del barandal, respiraba hondo y avanzada deseando que este fuera el último trecho. Porque ya no podía más. Su barba había crecido; su ropa se había gastado. Cada vez menos los recuerdos lo acosaban y se perdían como todo: como los sueños, como la esperanza; como la vida que quizá tuvo alguna vez. Todo había muerto. Lo único era seguir y entregarse a su propio laberinto sin detenerse. Como si sus pasos marcaran el ritmo del tiempo, o de los corazones.

Así siguió hasta que comenzó a suceder de nuevo. Del mismo modo que las puertas, y las ventanas, y todos los sonidos dejaron de aparecer, el muro cambió de forma. El espacio para estar de pie se hizo más estrecho. En un momento tuvo que agachar la cabeza y caminar de lado. Por ultimo comenzó a arrastrarse, sintiendo el golpe de sus huesos contra los peldaños que nacían sin piedad. El barandal se hizo cada vez más delgado hasta que desapareció. Ahora estaba en un pasadizo por el que bajaba como gusano: acoplaba su cuerpo a la forma de cada escalón. La oscuridad comenzó a acosarlo. Dejo de ver sus manos, y de sentir su aliento. Su corazón no latió más. Dentro de su cuerpo todo comenzó a detenerse también. Quiso llorar y desgarrarse la cara; dejar de ser. Quiso nacer de nuevo y jugar como ya había olvidado. Sin embargo continuó. No se dejó vencer y siguió bajando hasta que vio algo y se detuvo. Todos los párpados de la tierra hicieron una pausa. Era una luz. Se derrumbó por primera vez, y cerró los ojos. Entonces sí: los recuerdos lo acosaron. Los besos de su madre, sus hermanos, las peleas, las comidas en la cocina; su primer amor, su mejor amigo, la primera fiesta; su boda, los paseos, los hijos, los nietos. Todo vino de pronto revelándole su vida; entregándosela un instante, por última vez. Ahí lo entendió todo. Abrió los ojos y volteó atrás. Era un engaño. Aunque hubiera intentado volver no habría podido. Era inútil; debía entregarse como todos lo haremos algún día. Y comenzó a avanzar. Descendió los últimos peldaños, y cayó.

Era una sala enorme, blanca. Una infinidad de cuerpos desnudos yacían tendidos como si durmieran. Niños, niñas, mujeres, hombres; hasta perros y gatos. Era un mar de seres que parecían estar muertos, y lo estaban. Se agachó, alzó la cabeza de un hombre y lo reconoció; su abuelo. A un lado alzó el rostro de una mujer que nunca había visto. Conocidos y desconocidos. Por allá su madre y su hermano. Hasta Ponky estaba ahí. Se miró el cuerpo y en efecto… estaba desnudo; sus ropas habían terminado por ceder. Se tocó el corazón, y nada. Caminó. Saltó algunos cuerpos hasta encontrar un espacio libre; el preciso para su cuerpo. Se sentó, estiró las piernas, echó un último vistazo y se acostó. Mantuvo los ojos abiertos por un rato. Se puso en una posición cómoda y abrazó el cuerpo que tenía frente a él sin importarle de quién era. Cerró los ojos. Se relajó, y su respiración se detuvo. Luego nada; sólo durmió.

JONATHAN MINILA ALCARAZ

19 agosto 2009

Escena de Pánfila Montreño


Había un guitarrista ciego y un cantinero sordo. Y entre los dos se ayudaban para controlar la situación del local. Si el ciego percibía con la lengua que mala intención se formaba en algún cliente, le hacía unas señas al cantinero con los párpados y con las cejas. Si el cantinero veía, irremediable controlarlo, que el pleito de navaja o pistola se acercaba al escenario basuriento del ciego, le iba dando instrucciones de hacia dónde era preciso moverse para que no le fueran a poner un agujero más en el cuerpo. El buffet estaba colocado en lo más interno del local: gordas para amantes de montañas, raquíticas asmáticas para depredadores de primera instancia, viejas bordando pañuelos para los jóvenes pobres que no podían pagarse algo mejor, para los afrancesados una rubia parisina que se hacía trenzas sin recato con los vellos de las axilas, y púberas de senos chicos, e indias violentas que golpeaban a los clientes, y gringas que emborrachaban con frases adornadas a los abogados para que firmaran papeles en blanco, y enanas, y gigantonas, y mutiladas, y sentimentales que se enamoraban todas las noches para olvidar al alba, y dos amujerados pintarrajeados de la cara y con el gesto grotesco… Cuando a algún tertuliano le iniciaba el ansia en las partes secretas, iba a los bancos mugrosos y piojentos donde reposaba el ganado, desmenuzando el chisme, con las nalgas pegadas a la madera, contaba las monedas y examinaba, si no lo había hecho antes, para luego elegir. Allí, frente a los ojos adormilados de esperar macho que transfigurara monedas por gemidos constantes y sonantes, frente a los senos colgantes y los vientres gelatinosos, se posó Jacinto Roldán y sobornó exhaustivamente a cada mujer hasta que Pánfila Montreño, la que al emborracharse, dando grande espectáculo a la corte taciturna de borrachos, oficinistas y magistrados, hacía el amor con las patas de las sillas, le expresó entre eructo y gargajo: <>

Al sólo darle el papel garabateado con letras risibles, un orondo magistrado más composición zoológica que fachada de hombre –mejillas de puerco, labios de bagre, bigotes y ojos de perro apaleado–, en gritos radiantes se les acercó: <> La Montreño tomó el dinero. Apretándolo con sus dedos torcidos fue repique de metal, campaneo de un acto irrevocable. A su paso la corte alcoholizada, eufórica, berreaba frases. Y el ambiente se transformó en una mezcla de escupitajos dejados debajo de las lenguas pastosas y alquitranadas, en un zumbido constante de las voces menguadas en avispero instigado, en un sonido irregular abandonado entre los dedos del ciego que rasgueaba las cuerdas de la guitarra como quien acaricia un gato moribundo. Una bocanada de humo de habano y un enorme trago de mataburro hediondo a pies sudados, le bastaron a Pánfila Montreño para emborracharse los ojos con imágenes innombrables de hombres tricéfalos. Sus manos, tendidas, tensadas entre dos hombres que echaban la saliva afuera, babeando al igual que un hocico de toro después de besar el abrevadero. Todos en silencio, sólo la guitarra en sonido, que lentamente intensificaba el trémolo. Luego fue la comedia, la intensa melodía gemebunda salida de labios de la Montreño, que incrementaba o disminuía según la velocidad y la precisión oscilante de la penetración. Al principio los novatos, jóvenes estudiantes de medicina, gramática o abogacía, escapados de las lecturas soporíferas de tratados y otras lecciones diversas olientes a cadáver, avergonzados y ocultos en las mesas más ensombrecidas, no podían creer que hubiera mujer en la ciudad que entablara relaciones amatorias con una silla, mueble específicamente construido para sentar el cansancio del cuerpo, ni que los músculos de la parte pudenda de la mujer tuvieran una elasticidad tan descomunal y práctica, pero pasado el pánico moral y científico y tomadas algunas botellas de mal licor, dejaron los argumentos y las suposiciones para las aulas, adhiriéndose jubilosamente al gran acontecimiento, dando risotadas latinistas, miradas de jurisconsulto o alocuciones filosóficas que colindaban con la estupidez. Aquello, la risa estupefaciente emergida desde las cuevas de la palabra hecha interjección, la lúbrica y bien fundada velocidad con que Pánfila Montreño agitaba la silla, la martillante voz chillona de los amujerados que elogiaban la sagaz disposición de la artista, orgullo infalible del putero, el mugir suave de los asistentes que se hurgaban, unos a otros, inconvenientemente la entrepierna cebados hasta el hartazgo del deseo acumulado por estar mirando el espectáculo, desencadenó, luego de que la autora del enajenamiento corporal generalizado depusiera un charco de fluidos en el piso y exhalara un sonoro gemido, la orgía. Los funcionarios regalaron dinero a los estudiantes para que ocuparan mujer, las viejas se pusieron en oferta, las gordas les restregaban a los hombres los senos en la cara para que vieran que había de dónde agarrar, las enanas saltaban y luego se prendían de las braguetas gritando:<<¡estamos a la medida!>>, las gringas, siempre escrupulosas hasta en los casos más hostiles, se iban arrimando serpentinamente a los que traían cartera gorda, los amujerados, ya que ni las moscas les volaban entre los labios pintarrajeados, se les sentaban en las piernas a los borrachos que ya no distinguían hembra de macho, ni sol de luna… En tren estrepitoso de pisadas se fue alejando rumbo a los cuartos la manada completa. La Montreño quedó estacada en la silla, inmóvil, jadeando silentemente con la mirada vidriosa.
Juan Frajoza