18 julio 2009

¡Hay dolor ya me volviste a dar!

A ti mi compañero de tantos años, Te pregunto una vez más ¿Cuál es la razón de que no dejas que te extrañe?

Temes que me olvide de ti, si un día no apareces.

En buena onda dime qué trato podemos hacer para que me abandones.

Aquí en confianza te cuento, ya me cansé de buscar y buscar por todos los rincones alguna magia para ganarte. Muy caro me has salido.

Me declaro derrotada. ¡Me ganaste!

Ya aprendí la lección, ya me limité en muchas cosas, ya dejé de hacer otras. Claro, confirmé que “no hay crecimiento sin dolor”.

En la búsqueda desarrollé la creatividad, me olvidé de mí por ayudar a otros, lo que me llenó de satisfacción, sin embargo, me siento frustrada. No te pude vencer.

Me aterra llevar a mi boca la pastilla milagrosa.

Me doy por vencida. Estoy atrapada, me pregunto ¿me tendré que resignar?

Bueno, te propongo un trato. Vamos negociando, ¿no sería posible que no fuera a diario? Digo… ¿no podría ser un día a la semana?

No seas tan cruel, en buena onda que tal si te pones en mis zapatos y nomás apareces una vez al mes.

¿Te das cuenta? Como el periodo hormonal, claro, no esperes que te haga fiesta, te esperaría resignada.

Dejo de salir, de andar de socialita, de hacer quehaceres, de estar lista para ayudar a otros y seguramente hasta mi acervo cultural aumentaría.

Me imagino sentada en un confortable sillón leyendo todo el día, a lo mejor hasta termino como Don Quijote.

Los pesos que me gasto en terapias que ni funcionan los invierto en libros, además les dedico horas a escribir los que tengo empezados.

¿Qué te parece el trato? ¿Genial, no?

Como último acuerdo, te doy este mes para que te desquites, aguanto que me des con ganas, porque a partir del próximo, iniciamos el trato.

El dinero lo invierto en una buena cantidad de libros que desde hace tiempo les traigo ganas, que por andar luchando contigo, he tirado una buena lana.

Tu esclava
Rosa Chávez Cárdenas

Grave Gravitación




La trama de siempre. Cuando el físico inglés Isaac Newton dio a conocer los resultados de sus investigaciones sobre las leyes de la fuerza de gravedad, decenas de científicos se volcaron en intentar medir la constante de gravitación universal que está presente en la naturaleza y que sirve para determinar la fuerza de atracción gravitatoria entre todos los cuerpos con masa. Esta constante serviría para explicar los grandes movimientos que se observan en el universo y conocerla significaba, por tanto, determinar las masas del Sol, la Luna, la Tierra y los cuerpos celestes.

De entre los primeros intentos formales destaca el de John Michel (1724-1793), quién elaboró por primera vez una balanza de torsión. Ésta tiene una estructura simple: consiste en una barra colgada de un hilo metálico que puede torcerse. Cuando la barra gira el alambre tiende a regresarla a su posición original. Esto hace que su mecanismo sea muy sensible para medir fuerzas. Sin embargo no tuvo resultado.

El modelo creado por Michel llegó a manos del físico Henry Cavendish (1731-1810) quien lo mejoró y con él construyó su famosa balanza de torsión. Cavendish era un conocido físico y químico nacido en Francia pero de padres ingleses que había egresado de Cambridge con notas muy altas, fue considerado un estudiante prodigio y para la fecha era famoso por declarar que el agua no era un elemento y descubrir su composición. También era conocido por sus experimentos eléctricos. Se cuenta que era excéntrico y como no contaba con los instrumentos adecuados para sus investigaciones, medía la fuerza de una corriente eléctrica de una forma directa: se sometía a ella y calculaba su intensidad por el dolor.

Su balanza de torsión consistía en una vara horizontal de dos metros de longitud colgada de un hilo. En cada extremo había dos esferas metálicas de 5 centímetros de diámetro y 700 gramos de peso. A unos 23 centímetros de cada una colocó otras esferas del mismo material, pero más grandes, de 30 cm. de diámetro y 150 kg de peso. La atracción que ejercían sobre las esferas pequeñas hizo rotar el brazo del que estaban suspendidas y, en consecuencia, que se torciera el hilo metálico. El brazo dejó de rotar cuando la fuerza de atracción gravitatoria entre las esferas grandes y las esferas pequeñas se equilibró. Al medir el ángulo de la barra y conocer el coeficiente de torsión (que mide la tendencia de una fuerza para hacer rotar a un objeto alrededor de un eje), logró determinar la fuerza entre los dos pares de esferas. El valor que obtuvo fue casi exacto, difería un 1% del que se conoce hoy en día. Tras encontrar la constante, Cavendish la aplicó a cualquier objeto que se encuentra en la superficie de la Tierra y de allí pudo determinar las masas del Sol, la Luna y la Tierra.

Tras su fallecimiento a los casi 80 años dejó abundantes notas, cajas repletas de experimentos de todo tipo (muchos de ellos eléctricos) y una cuantiosa fortuna.

Prof. Servando Macías Fermín

Un trago entre la vida y la muerte

¡Qué no se escape ese hijo de la chingada! ¡Qué no se escape cabrones! ¡Hay que darle en toda la madre! ¡Vas a sentir la verga! ¡Ya te cargó la chingada cabrón!

Veloces zapatos raspan el suelo y rozan el aire caliente, levantan tormentas en charcos, sumen en la tierra los pensamientos de José, pisan sus talones.

La sangre como perra rabiosa transita vertiginosa por todas sus arterias. Los hombres tras de él, navajas, tubos y palos tras su sombra y el recuerdo sobre su angustia.

Sobre las banquetas los rotos Converse negros temerosos pisan manchas de grasa; botellas de plástico, viejos carteles y colillas de cigarro. Se detienen en una esquina donde el vapor de la reciente orina de un perro sube hasta las fosas nasales de José “Malamadre”. Su garganta se mueve como culebra, el líquido de la pequeña garrafa que sostiene su mano izquierda hierve en su interior en espera de aplacar su ansiedad.

Los camiones transitan, engordan la avenida, el negro humo de sus escapes forman remolinos bajo las llantas, levantan polvo, papeles, historias.

Su temblorosa cabeza se mueve hacia los lados con rapidez nerviosa; su frente comienza a brillar, un hilo de sudor empieza a correr hasta convertirse en una gota que columpia en la punta de su nariz. Vuelve a beber, cierra los ojos, le viene al pensamiento la primera vez que vio a aquella hermosa y misteriosa mujer en una revista de bellezas mitológicas. Recordó cuando la tomó entre la podredumbre de aquel contenedor de basura a orillas de la ciudad, la gran impresión que causó en él, una sensación y un deseo jamás experimentado.

Los momentos, los días, los meses, los años que el alcohol dominó su vida, si nunca hizo daño a alguien, tampoco hizo bien a nadie.

Su mente se volcó a aquella vez en la oscuridad de la madrugada, en lo recóndito de la ebriedad y el sueño cuando la hermosa aparición le brindó sus senos desnudos, sus húmedos labios, el calor de su cuerpo y sus tersos y amorosos brazos. Los momentos eternos, llenos de amor, de consuelo, de desesperación reprimida. A él, que nada le había ofrecido la vida.

Recordó la promesa hecha a las palabras de aquella diosa quien prometió que para estar con ella toda la eternidad sólo tenía que tributarle un diminuto deseo, algo que era muy poco pero de suma importancia para su amada: Reconquistar la fe, que como él, antes le habían tenido. Le demandó una prenda, una falda, una nagua hecha con brazos humanos, una pollera cocida con extremidades de mujeres puras.

Tenía que cumplir aquella promesa, no podía dejar evaporar la posibilidad de ser feliz, la única en su estacionaria y gris vida. Sabía lo que acarrearía cumplir una promesa de esa magnitud. Lo pensó pero no quería encontrarle el lado oscuro. Haber encontrado el amor lo justificaba todo.

En sus oídos le taladraban los gritos, golpes y lloros de las casi niñas que sacrificó en pago a su promesa de amor: Bajo sus párpados vio las manos en el cuello, sus manos ensangrentadas entre las piernas de sus elegidas, sangre que constataba la pureza. Los cuerpos desmembrados; los murmullos, las pláticas, los rumores, los chismes y las amenazas de linchamiento.

Recordó cuando después de hilar ocho brazos, su amada le pidió adornarla con dos serpientes en los extremos: la medallita que guardó de una de las sacrificadas y que entregó como pago de las dos serpientes, la cara de la vendedora de chueco, cuando lo reconoció, su grito, los furiosos hombres tras de él, el hombre que mató en su huida, la noche arrinconado bajo el puente, los relámpagos y la lluvia afuera, la mirada del amigo que lo ayudó, las húmedas ratas correr entre sus piernas, los perros que iracundos le ladraron cuando intentó orinar, el oscuro amanecer, el violento temblor en su cuerpo y la ansiedad que lo obligaron a salir en búsqueda de alcohol.

Unos gritos lo hacen saltar, abrir los ojos, la garrafa cae de la mano, rebota en el suelo. Los Converse levantan lodo, resbalan, tropiezan, se voltean.

¡Qué no se escape ese hijo de la chingada! ¡Qué no se escape cabrones! ¡Hay que darle en toda la madre! ¡Vas a sentir la verga! ¡Ya te cargó la chingada cabrón!

José “malamadre” cae, un mundo de zapatos impactan su cuerpo, las navajas se hunden en su carne, salen y entran, los palos se astillan en su cabeza, medianos trozos de piel escapan de su cuerpo, sus párpados se inflaman, no puede abrirlos, por una estrecha herida en uno de ellos logra ver, una ola de tiernos y escamosos brazos que lo esperan.
Obed González
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¿QUIÉN LO HIZO?

Pensé suicidarme, pero para eso, primero tengo que sentirme muerto.

Miraba pasar la noche por la ventana, las luces encendidas de la ciudad, cuánta gente y qué cosas diferentes estarán sucediendo. Los automóviles pasan sin cesar y con el ruido no puedo concentrarme; el calor es insoportable. ¿Cómo podría aflojarme el nudo de la corbata si horas antes había colocado estas malditas esposas en mis pies y manos? Tampoco tengo la suficiente fuerza para aventar la silla y acabar de una vez con todo. Entre el miedo y el valor existe este vacío que podría dejarme caer en las fauces de la muerte. ¡Pero qué pendejo soy! Si por lo menos hubiera abierto las ventanas o apagado la luz para que no me calara tanto el calor en la cabeza.

¿Cuánto tiempo llevo aquí colgado? ¿Cuatro horas quizá? No puedo terminar con esto, creo que va a amanecer y como siempre mi madre llegará a fastidiar y despertarme de un agradable sueño, ¡Siempre con su estúpida letanía de niña idiota!
-¡Anda Iván, ya levántate, que se te hace tarde!

No podrá inventar otra cosa. ¿No sé?,¡Levántate ya hijo de la chingada! o ¡Pinche huevón levántate!, pero siempre es lo mismo. El susto que se va llevar cuando crea que me suicidé, ¡Ja, ja, ja!, no puedo reír ni siquiera un poco. ¡Qué pinche suerte tengo! Cómo me lastima esta maldita soga, ya se me entumeció el cuerpo de tanto estar parado.

Está amaneciendo, se oye ruido en el cuarto de mis padres, ojalá se apuren para que me desaten. Ya abrieron su recámara, seguro que mi madre se dirige a bañar..... Así es, no podía fallar, ahí está la regadera sonando, dejando caer el agua como si con eso lograra limpiar por completo su cuerpo. Al fin salió del baño y entró a su cuarto, cómo hace ruido con ese closet, ya estuviera perturbando mis sueños.

Por fin, ahí viene. A ver si no se desmaya de la impresión, me gustaría verle la cara para poderme reír, pero por desgracia mi espalda da a la puerta.

Cuando entró, escuché un fuerte grito que hasta a mí me asustó.

-¡Iván! ¡Iván! ¡Hijo!...., se recargó en mis piernas y me jaló hacia abajo, sentí como mis músculos se desgarrón con la tensión, me estaba asfixiando y para acabarla de chingar no podía hablar y ni siquiera chiflar.

-¡Iván! ¡Iván!- no deja de llorar, ojalá no se le ocurra mover la silla porque me muero, su llanto sigue ¿Por qué no para de gimotear y me mira a la cara, así descubrirá que no he muerto?, por lo menos le guiñaría un ojo o le haría un gesto extraño como los que ella hace. Siento miedo y no puedo hacer nada.

Inmediatamente entró mi padre, no se tardó ni diez segundos después del grito de mi madre y eso que él duerme como piedra. ¡Se ha de haber asustado mucho!

- Levántate, ya pasó, ya pasó, quizá tenga horas ahí colgado, ya no llores, no llores, todo terminó.

Sentía cómo mi papá quería retirar a mi madre del suelo, ¡Dios mío! ¿Por qué no se les ocurre verme a la cara? ¡Véanme chinga! ¡Estoy vivo!- gritaba en mi interior y no podían escucharme; tenía mucho miedo.

Los jalones se hacían cada vez más fuertes, la silla se movía cada vez más, ¡Dios mío!, ¡Dios mío!, que no mueva más la silla, si tan sólo pudiera hablar, si tan sólo...
Israel alvarado,
México, d.f.
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El abrazo
El horizonte se tiñó con sutiles tonos violetas y púrpuras anunciando el fin del día y reflejándose en el hermoso lago, dándole la despedida. Éste no cesaba de ondear fuertes olas que producían una brisa que se fundía con mis lágrimas al venir a mi mente algo que pasó hace treinta años, aunque el momento parece que ocurrió ayer; está tan claro que aún sigo creyendo que es lo mejor que puedo hacer.

Su cuerpo muy delgado, pareciera que el traje de piel le quedaba grande, tan grande que los pliegues se juntaban en varias partes del cuerpo, los huesos se transparentaban al grado que podía contar las costillas.

La piel blanca, muy pálida colgaba de su rostro y se arremolinaba sobre su cuello. Las orejas se veían más grandes, pareciera que habían crecido. El tono grisáceo del pelo había desaparecido. Ahora todo era como una madeja de hilo de plata muy brillante.

Empezó a agitarse su respiración. Lo tomé de la mano y al momento sentí como un shock eléctrico, pareciera que hubiéramos entablado una conversación en silencio.

Yo exponiéndole mi gran dolor al verlo ahí semanas, meses. Su estadía cada vez más deplorable. Sólo lo había mantenido vivo esa zonda que filtraba el líquido de vida, si se podría llamar así, ya que él permanecía siempre en la inconsciencia.

Lo más triste era su situación física, pues abundaban en su espalda llagas que los enfermos tienen cuando duran mucho tiempo en cama. Al limpiarlas pareciera que se abonaban y cundían cada vez más por varias partes de su cuerpo.

La brisa no cesaba y bañaba mi rostro, mojándolo con esas lágrimas que nacían del alma inundando mi espíritu y mis años de angustia.

Él siguió con su respiración cada vez más acelerada. Yo le hablaba, gritaba en silencio y pedía perdón por no haberlo comprendido. Ya era demasiado tarde. Al verlo ahí, brotaban mis lágrimas pues habían entendido la lección. Me di cuenta cuán grande su amor de padre fue, siempre estuvo ahí, y yo lo ignoraba; todo me lo había dado y muy despectivamente lo tomé.

Su respiración se agitaba y empezaba a emitir un sonido en su garganta que no podía contener como si su sistema se estuviera cargando y quisiera expulsar su vida misma.

Su habitación era muy clara. Se notaba la huella de su cuerpo rígido sobre la cama, acalambrado por cambiarlo tanto de posición, totalmente engarrotado, no se podía mover. Sobre su lecho colgaba un crucifico al que le preguntaba por qué tenía ese sufrimiento, si eso merecía aquella persona que parte de su vida la dedicó a trabajar para dar a su familia algo mejor. Vienen a mi mente aquellas hermosas huertas de mangos al lado del ojo de agua llenas de plantas de café y el esplendor de la naturaleza que nos heredó.

La habitación estaba inundada con el olor característico a suero, alcohol, sudor y toda una mezcla de la enfermedad.

Yo le murmuraba en silencio, alguna vez lo hacia en voz alta para ver si reaccionaba a mi súplica, a mi arrepentimiento. Vienen a mi mente muy pocos recuerdos. El que más me hiere e incomoda, que quisiera que el tiempo volviera atrás; qué no daría para cambiarlo, fue aquel pequeño trozo de vida. Lo recuerdo claramente, él sentado en una silla de madera preparando los granos de café, trató de abrazarme, quizá con ese abrazo decirme cuánto me quería. Yo me zafé y salí corriendo pues en la familia no se usaban los abrazos, así que me fui lejos y siempre permanecí así.

¡Cómo me hubiera gustado tener ese abrazo que después de tantos años añoro y jamás podré tener!

Su agitada respiración iba en aumento. Recuerdo aquellos momentos en que me hablaba y me decía que yo sería un buen muchacho, aunque muy dentro de mí sabía que jamás me compararía a mi hermano que fue se adoración; con él sí pudo compaginar y quizá parte de su enfermedad fue su muerte tan trágica pues desde entonces enfermó.

El sonido de su respiración se aceleraba mucho más. Yo no sabía si llamar a mi madre y hermanas pues creía que si lo dejaba un momento cuando regresara ya no estaría aquí. Así que vacilé y seguí a su lado.

Seguí tomándolo de la mano, apretándolo. Su respiración era ahora tan agitada que pareciera que toda su energía estuviera reunida en su garganta y tratara de salir. En un momento su respiración fue tan fuerte que sentí como si expulsara su alma y escapara de su cuerpo. En seguida vino una sombra que recorrió todo su ser llevándose con él todo el calor de su cuerpo. Empecé a sentir su mano tan fría, luego un rictus apareció en su rostro, todo había terminado. Cesó la respiración, su cuerpo quedó inmóvil y muy frío. Al verlo así sentí que estaba descansando.

Hoy trato de mantener ese huerto de mangos pues él vive en mi mente en cada hoja, en cada fruto del nogal, en cada grano de café y cada vez que florecen sé que está ahí de nuevo, diciéndome que la vida es hermosa. Ahora, cada flor es un abrazo que él me brinda.

Alejandro Martínez

Beberé Tequila

Os seré sincero, esa noche
yo debí ser vuestro escudero,
ues tu recuerdo me acompaña
siempre a mi costado de nuevo.


Desde que tu carta leí,
mi mente no deja de pensarte,
la soledad es mi fiel compañera;
pues tu recuerdo a mí dejaste
y siempre conmigo estará,
a donde sea que fuere
esté donde esté
ahí a mi lado acompañará.

Así como recuerdo esta carta,
que leo en el rincón de los recuerdos
con las promesas rotas,
sentado sobre el baúl
que guarda los sentimientos
y sólo evoca tu nombre

se terminó el Merlot ese día,
hoy yo brindo por vos sin alegría
a mi alcance no hay Merlot cualquiera
mucho menos vino acorde a esta quimera.
leerte es mi brindis,
mejor dicho mi fiesta primera.

A lo lejos observo una botella
de vino sin nomenclatura.
Pero para el fin da lo mismo,
es mi cometido,
sólo brindaré por esta hermosura.

Líneas que embriagan,
líneas de recuerdo,
líneas que presagian;
que te buscaré de nuevo.

No necesito Merlot,
mucho menos Savignon,
no quiero Cabernet,
deseo de nuevo un salud
yo con tequila brindaré.

desde hoy
el nuevo loco que te admira,
recuerda que junto contigo
yo morí en esa última línea;
dije salud y expiró
a tu lado mi vida,

te diré algo con el alma en los labios,
nada me había cautivado
como esto que acabo de leer,
estamos tristes pero no desolados;
tequila hemos de beber.

Encontré un tesoro,
pero creo que al leerlo
me lo he bebido,
se situó en mi corazón
en tragos de amargo licor
aunque mi garganta
descuartizo.

Heme aquí en el ocaso
leyendo tu carta,
entre tragos de licor
de bouquet escaso.

Alejandro Ornelas.

De Nuevo me Refigio en Ti

De nuevo me refugio en ti
mi fiel compañera, mi confidente
relatándote todas mis vivencias
otra vez estoy conversando con vos.

Tratando de conservar todos los recuerdos
con la firme esperanza
de recuperar los sueños rotos.

De volver a retomar esos caminos
que un día comprendí, y lo escondí,
y escucho voces desde mi interior
porque siento este gran vacío.

En ese titubear de mi mente
en aquel abandono de ideas
carente de mis pensamientos
ahogándome en los recuerdos.

He perdido la inspiración
para plasmar en mi poesía
lo que habita en mi corazón
no dejo nada, mi travesía.

Buscando alguna respuesta
en lo más profundo de mi ser
al fin he encontrado tu nombre
tu encanto y magia mujer.

Destrozado, solo, triste y olvidado
me encuentro muy triste estando sin ti
todo mi ser ya te lo he entregado
y por tu recuerdo me olvidé de mí.

Dame una razón para no estar juntos
si tú la sabes, dame esa respuesta
que no he podido encontrar

En la búsqueda de algo sublime
encontré la razón principal
la magia entre palabras y miradas
algo que nada puede quebrantar.

Por qué de nuevo no te tengo
por qué existe esta distancia…
ya no quiero mas extrañarte
odio tener tu ausencia.


Yo siempre busco algo
que me lleve hacia vos,
no se olvida con un trago
no quiero extrañar tu voz.

Varado en la bahía
quizá acabo de zarpar
quiero saberte mía
odiaría naufragar.

Ya no distingo lo real
todo me es confuso
siempre te seré leal
mi vida es un dibujo.

Sé que cuando baje la marea
no podré marcharme, te esperaré,
por la mañana tuve la idea
a tu lado siempre estaré.

Alex ornelas

****

ACTOS PARA SALIR AL PATIO A ORINAR
(Menú de pasatiempos lunares)



A

La sortija del destino mano amiga
Vacía el infinito extraviado en el sillón
Recorta Vitro-pisos de esperanza
Atiende enfermedades en camilla;

Cinco horas encendidas en la lluvia
Diminutos “te quiero” a ojos cerrados
Ansias que mueren en ánimo de nada
Entre inciertos espejos mañanas cansadas

[Memorias lunares
Besos fugaces
Melancolías desgastadas
Palabras admiradas que dicen nada]

En noches como esta, bajo la almohada
El sol descansa
Entre la sabana el fino sortilegio
Amenaza
Mareadas frases recitan versos, lamentos
En casa el deseo cansa.
En el cielo, entre las nubes, tu mirada me falta.

Por menos que se quiera
Siempre
Otro hemos de ser.
Otro en el calor del pecho
En el pensamiento en que faltamos
En el aleteo del beso negado
Entre las horas, en la estrella
En un soneto
Ardiente amanecer…






B

Vamos a hacer una escena teatral,
Tú, representaras a quien amo
Y que no eres en realidad,
Y yo seré, el guionista, la mano
Que quitara el telón de la verdad;

Vamos a escenificarnos besos,
Momentos perdidos en relojes que no vemos
Vamos a actuarnos plenos,
Distante, amigos obsoletos
Quitarnos campanas, recuerdos;

Vamos a extasiarnos sin vernos
En el agua del charco, cántaro y veneno.
Vamos al ensayo mientras muere el sereno
Con los brazos abiertos,
Insinuaciones directas, el ojo de tus misterios
En el nudo ciego del amor, morir ya muertos;

Vamos a mentir, a mentirnos
Boca abajo, en el gesto entrometido
En el papel estelar tuyo y mío
Vamos a reír, a reírnos
Y cuando acabe la escena, nos querremos
Como niños.

Vamos a hacer una escena teatral
Ante las horas, sin lamentos, sin culpas
Para nosotros, en primera fila, mujer
Junto a la eternidad…


C

¿Por qué no rompemos con las reglas éticas del amor?
¿Por qué, si el deseo no sabe de valores y cumplimientos ni razón?
Deberíamos pensarlo seriamente, corazón
Dentro de uno, somos otro y somos los dos.

Trasgredir leyes naturales al amarnos
En besos gigantes tragar la eternidad,
En pilas y cielos dejar la vacuidad
Y en manzanas mitológicas comernos.

No se porque no pasan estas cosas
Y mientras escribo versos
Te amo en el sillón, leo recuerdos
A lo lejos cantan rosas.

Distante y cercana como el cosmos
A mi abrazo, entre nosotros, prosas atentas
A la casa entran locos, locos nos queremos
Y a los estragos escribimos recetas…

¿A qué es que teme nuestro miedo?


D

Hay tantas cosas en la gente
Como gentes en las cosas.
Las rosas son solo rosas
Las realidades se vuelven ostentosas.

¿Qué pasaría si se difuminara ante nosotros la realidad?
¿Qué, si finamente la diluimos en lo que creemos como verdad?

Y hay muchas mas cosas
En que sustentamos que las cosas son y nada más
Que a veces, las cosas que son,
Son nada y son más.

¿Por qué las cosas son lo que son cuando son lo que no creemos?
¿Por qué creemos algo que no sabemos, como el amor?
¿Por qué mujer, no nos volvemos locos
Y locos volamos entre nuestros besos, una y otra vez?

Ya no queda nada de esto
Ni todo es nada mientras queda,
Pero lo que somos mujer, en la presencia
Es lo que fimos en la paciencia del otro.

Quedan solo estrechos laberintos mentales
Solo el árbol del corazón retoñando en emociones sentimentales
Solo tú, yo, las cosas que somos,
Solo queda la sensación de ser mortales
Solo la pasión de ser otros en nosotros
Y en nosotros ser siempre otros.


¿Qué pasaría mujer, si en relación al otro
Nos amamos, calladamente, como amamos al verdadero otro?
¿Qué mujer, si siendo a quien amas
En sus besos, en sus brazos y en tu sexo
Sigo siendo El otro?

No se, especulo
Que nos amaríamos
Uno al otro.


E
Quiero decernir tus besos
Enajenarme astutamente del recuerdo
Y en el abrazo que al él le das
Crecer como un feto;

Decirte infinidad de palabras
Cosas que no entiendo, mentiras, sustento,
En el amor matar el concepto
En el “te quiero” extraviar emociones furtivas;

En un cajón hemos de dejarnos
En fotografías de verdad amarnos
Conocernos entre flores y retazos
En la tristeza irnos sin dejarnos;

Quiero vernos pasear tomados de la mano
Frente al sol, ocultar lo que no decimos y nos damos
Quiero querernos, que nos queramos
Sobre el mundo, sin amor, paso a paso;

Con amor de uno al otro
Del sabor de los labios al calor de la entre pierna
De lo que queremos y no debemos y viceversa
Y en la redacción final del documento
Amarte como a un muerto.

Quiero discernir, enajenarme, a razón, por terco
En lo otro ser un te quiero
Corazón, de tu eternidad el tiempo…

TITO TACITURNO

18 mayo 2009

Editorial

No sé si sea una realidad pues más bien creo que hay varias, pero sí es una teoría muy seria y respetada: El hombre está aquí por un accidente fortuito de la evolución, punto. Parientes cercanos de los simios, evolucionamos de este modo por una serie de eventos en los que nosotros mismos no tuvimos la menor injerencia. Así, sin magia ni gloria. Entonces venimos cumpliendo ciclos de una vida y ya, simple: comienza, ocurre, se acaba. Y pareciera que la mayor meta de la vida es encontrarle un sentido a la misma más allá de lo que en el fondo sospechamos que es. Pero así, como parte fundamental de la obra, está nuestra bizarra capacidad de razonar (aunque para algunos ésta es sólo parte de la utilería) y de aplicarla todo el tiempo para que nuestra plana y lineal existencia pase a ser un complejo entramado multidimensional de detalles místicos y secretos todo el tiempo por develar.  

La bronca es que a veces, como todo fenómeno humano, llegamos con la razón a los mismísimos límites de lo irracional. Exageramos en las teorías que nosotros mismos nos auto postulamos para hacer de las cosas como son todo menos eso, lo que precisamente son.

Con la reciente pandemia de gripe de puerco (virus de la influenza tipo A, H1N1) llegaron a mis oídos y a la bandeja de entrada de mi correo cientos de ejemplos de eso que algunos suelen llamar historias conspirofílicas. Ya no era una nueva mutación del virus producto de un descuido de laboratorio cuando estaban aislándolo para ser estudiado, era un plan fabricado por el gobierno americano en principio de los noventas para descubrir su reacción en la gente; un ataque de bioterrorismo orquestado por los iluminati para disminuir la población mundial y conservar el poder; un virus creado por las grandes farmacéuticas para ganar millones en la industria de la creación y venta de vacunas; una estrategia de Calderón para distraernos da la nueva anexión del ejército mexicano al pentágono y la legalización de las drogas que está en proceso; una Shock Doctrine impuesta por el bloque del nuevo orden mundial para que cuando nos rescaten sumen puntos de popularidad; un virus traído por los extraterrestres a Nuevo México y guardado por décadas hasta que fue liberado por una agencia de contraespionaje rusa; una señal del apocalipsis profetizado por los mayas para el 2012; una medida de la Organización Mundial de la Salud para combatir la vigente crisis económica a través de un apoyo global a la salud pública; un castigo del dios de los judíos por nuestro comportamiento impío; una mentira de los medios para provocar el pánico en el pueblo y que éste obedezca con mayor sumisión; una campaña de desprestigio por parte del equipo de López Obrador en miras de las próximas elecciones; y para muchos más, como yo, sólo una mala noticia.

Esto es evidencia pues, no sólo de la inmensa diversidad de opiniones que un mismo tema causa en la población, sino de la continua necesidad humana de ver las cosas con un mil trasfondos de conspiración, misticismo, paranormalidad, extraplanetismo, simbolismo, divinidad, indianajonsismo, y muchas otras más. O quizá simplemente es que no podemos acostumbrarnos a ver las cosas como realmente son. Bienvenidos al número de Mayo del 2009 en Meretrices. Diviértete. Haz tus propias conclusiones.

 

¿Qué hay que leer?

¿Qué hay que leer? Muchos hemos llegado a este convencimiento y nos urge difundirlo en todas las direcciones posibles. Leer es tantas cosas tan bellas, pero lo elemental es que nos hace sentir, nos vuelve más sensibles. Los que hemos leído toda la vida sabemos de esa dicha inmensa de divertirnos, ilustrarnos, conmovernos, asombrarnos e incluso indignarnos en compañía de un libro. Es un sentimiento tan fuerte que nos lleva, al finalizar la lectura, a estrechar un libro contra nosotros con la misma gratitud que abrazamos a un padre o a un maestro que nos ha dispensado un gran bien. ¡Qué dicha es leer! Pero tristemente, mientras no hallemos la forma de hacer sentir a los niños ese gozo, no lograremos que lean. No basta con comprar el libro y decir: “Léelo”. Es que tenemos que comprarlo junto con el niño, elegirlo en su compañía, tomar el libro con la mayor solicitud y cariño, observar su portada, la impresión de sus textos e impresiones, su colorido, saber quién lo escribió y llevarlo a casa con gusto, con entusiasmo, anhelando el momento de leerlo. ¡Y leerlo! leérselo al chico, con la mejor entonación posible, con el mejor ánimo de introducirlo en el ambiente y presentarle a los personajes. Explicar palabras, metáforas, todo lo que abunde en la comprensión, y manifestar nuestra propia satisfacción por la adquisición de ese “amigo” que permanecerá con nosotros y nos repetirá sin cansarse su discurso para divertirnos o enseñarnos. Démosle al libro un forro que lo proteja si es frágil, enseñemos al chico a tomarlo para leer, a volver sus páginas, a no mutilarlo ni doblarlo por ningún motivo. Hablémosle del respeto que debemos a quien nos hace bien y la necesidad de conservarlo en un lugar adecuado. “Casa sin biblioteca, casa sin dignidad” dijo Edmundo de Amicis. Con este proceder creo que estaremos dando un paso en la tarea de enseñar a amar la lectura.

Y cuando ya se sabe leer, hay otro paso que debemos dar en compañía del hijo o del alumno: escribir. No queremos formar un receptáculo de conocimientos y emociones, tenemos que dar capacidad para expresar lo conocido, lo sentido, lo aprendido. Si leemos el libro podemos empezar por escribir: este libro me gustó o no me gustó por esto o por lo otro. Hay que ayudar al lector a “sacar” lo que sintió antes de que lo olvide o mezcle con otras percepciones. Hablemos sobre el libro, sobre las frases que hallamos más hermosas o significativas. Expliquemos y apliquemos las palabras nuevas para el lector. Ayudémonos desde allí con el uso del diccionario, el “tumbaburros”, indispensable para el lector. Todo ello dará a nuestro aprendiz la oportunidad de adquirir hábitos y habilidades que le ayudarán en su vida de estudiante o de lector. ¡Claro! Todo esto implicará tiempo y dedicación, cosa que parece escasear en todas partes. Si no tenemos tiempo para todo ello, que siendo necesario es prescindible, compremos cuadernos y lápices y escribamos cotidianamente: recados, instrucciones, elogios, críticas, todo lo relacionado con la comunicación en la familia. Es muy grato volver a casa y ver sobre la mesa un mensaje de: “fui a comprar pan y otras cosas, no tardo. Un beso mamá.” Con este tipo de mensajes podemos conducir al niño o joven a encontrar una puerta que comunica lo que formula el lenguaje a la hoja de papel. Podrán así ir aprendiendo vocabulario, ortografía, puntuación en forma simple y gradual, ya que los mensajes se irán complicando en extensión y significado hasta llegar a lo muy importante: la carta que nos da la facilidad de la comunicación en ausencia, que nos hace pensar para escribir, que nos permite ensayar hasta lograr la identificación entre nuestro sentir y lo que expresamos en lo escrito. Si todo esto lo aprenden con mucha práctica y constancia, será un regalo inapreciable que hagamos a nuestros pequeños o jóvenes aprendices. Hagámoslo por un mundo mejor en donde escribiendo se entienda la gente.

Teresa Moranchell

LAUTRÉAMONT

  

El 4 de abril se cumplió un nuevo aniversario del nacimiento en Montevideo de Isidoro Duchasse, más conocido por Lautréamont, una de las figuras emblemáticas de la modernidad poética. El poeta y ensayista uruguayo Diego Techeira, autor del libro “Lautréamont, la construcción permanente”(Solazul ediciones, Montevideo, 2000)  aporta a nuestra revista el siguiente artículo. 

 

Isidoro Ducasse, poeta canonizado por el surrealismo, conserva hasta el presente su estigma de autor  “maldito”. Ello debido a que su implacable crítica a las convenciones morales y lingüísticas no han podido ser absorbidas o neutralizadas por la institucionalización o la moda.

Eso es lo que ha sucedido con la casi totalidad de aquellos creadores o movimientos que en su momento supieron engendrar la semilla del escándalo en diferentes etapas de nuestra cultura burguesa. La misma que a mediados del siglo XIX enjuició a Baudelaire y censuró sus Flores del mal. La que más adelante, comandada por oligarquías nacionalistas (habiendo hundido al mundo en el lodazal sangriento de la primera Guerra Mundial y conduciéndolo irresponsablemente hacia la segunda) se autoproclamara autoridad moral, e hiciera alarde de su celo por las “buenas costumbres” despachándose contra el credo iconoclasta de los surrealistas. Llegados los años sesenta, multitudes juveniles que aspiraban a “abrir las puertas de la percepción” y crear un mundo en el que fuera posible llevar “la imaginación al poder”, acabarían por transformárse en el chivos expiatorios de un lenguaje político que en nombre de la tan mentada “guerra fría” justificó las más ardientes pasiones criminales de las que el despotismo de una potencia o de un régimen militar impuesto por la misma pueden ser capaces.

Todas esas manifestaciones de rebeldía pasaron con el tiempo a formar parte de una historia que terminó por neutralizarlas, integrando el lenguaje que las caracterizaba a rentables tendencias de mercado y a una publicidad carente de límites éticos (siendo en ocasiones, bien mirado, lo que se presenta con formato artístico, una velada propaganda). El precio que paga por esto la sociedad es el de exhibir características esquizoides, proclamando (por ejemplo, a través de esa enorme industria de propaganda que es Hollywood por lo general) idílicas y hasta frívolos ejemplos de “libertad de expresión” que, bien sabemos, no resistirían ser puestos a prueba en la vida cotidiana del hombre común.

En definitiva, haciendo a un lado la mera expresión verbal o artística (esta última, a veces, entre comillas), poco es el terreno que se ha avanzado a favor de la verdadera libertad individual. Mejor diríamos que lo que han existido son marchas atrás con sus correspondientes y lentos retornos a donde estábamos antes (algunos insisten en llamar a eso “progreso”).

Pero (y aquí llegamos a lo que nos interesa destacar) por tratarse precisamente la mayor libertad lograda la que corresponde al terreno del lenguaje, difícilmente alguien (más allá de que sí se pueda sorprender) se escandalice demasiado ya con las obras de Baudelaire, Rimbaud, Tristan Tzara o inclusive William Burroughs. Ya estamos vacunados de espanto.

Si embargo, cuando hablamos de Lautréamont, el caso es sustancialmente distinto. 

Apariencias desnudas 1

Una de las características más notables de la poesía moderna consiste en su independencia respecto a cualquier parámetro exterior a su propia experiencia creativa. La proposición de una forma distinguible del contenido pasó a ser, para los artistas más comprometidos con su creación, un falso dualismo. La adecuación a una estructura determinada o a cualquier tipo de precepto será desechada rotundamente a favor de la más absoluta libertad formal para que el creador pueda desarrollar a través de su obra el lenguaje que ésta misma le imponga y no lo que le imponga la tradición o la moda.

A partir de la revolución romántica la creación artística es entendida y valorada en función de su intensidad expresiva, siendo cada experiencia creativa la que dictamina sus propias necesidades estéticas. Desaparece la noción de “estilo”, en la medida de que cada una de esas experiencias de creación es única e irrepetible. La prolongación de una fórmula estética significa estancamiento, limitarse uno mismo.

El vínculo que se establece entre la poesía y el lenguaje desarrolla entonces un proceso de descubrimiento de lo real que desecha la apariencia para alcanzar revelaciones de importantes márgenes de la realidad (del mundo y de la propia condición humana) a las que sólo mediante la intuición es posible tener acceso, quedando definitivamente establecido que la razón es un instrumento muy limitado de conocimiento. Einstein en el plano de la física y Freud en el de lo psicológico, serán los encargados de llevar a cabo en el campo de la ciencia el correspondiente derrumbe de preconceptos sostenidos en los razonables silogismos de lo aparente. 

Un rastro perdido 

            

Son muy pocos los datos acerca de la vida de Ducasse. El poeta que escribiera “Yo no dejaré memorias”, parece haber cumplido al pie de la letra con tal iniciativa. Casi podría decirse que el acceso a la escasa información biográfica de que se dispone no ha sido posible gracias sino a pesar de él.

            La publicación del Canto I de Maldoror en forma de folleto no lleva firma, y la versión definitiva publicada en la edición de Los Cantos de Maldoror se la identifica con un seudónimo: Conde de Lautréamont. Se hace por lo tanto evidente su interés en independizar a la obra del autor.

            Los biógrafos, sin embargo, se han servido de la creación poética para alzar ciertos espectros a modo de representación del misterioso hombre que la escribió. El recurso más frecuente ha sido el identificarlo con el protagonista de los Cantos, lo cual sólo puede ser interpretado seriamente como una aberración.

            Todo parece apuntar en la dirección señalada por el propio Ducasse cuando escribiera: “Busquemos ese cuerpo que no puede hallarse y que sin embargo mis ojos distinguen; merece de mi parte las más efusivas expresiones de una admiración sincera. El fantasma se burla de mí: me ayuda a buscar su propio cuerpo. Si le hago señas de que se quede en el lugar en que está, he aquí que repite mis propias señas...”. Precisamente una de las características del la obra de Duchase, señalada tempranamente por Roger Caillois, es la de adelantarse a todo intento de interpretación, burlarse de tales pretenciones parodiándolas.

            Entre los trazos documentales que nos permiten construir un esbozo biográfico de Ducasse, se cuenta con las actas de nacimiento y de bautismo: Isidore-Lucien nació en Montevideo el 4 de abril de 1846, hijo del diplomático francés François Ducasse, de 36 años de edad y de Célestine-Jaquette Davezac, de 24 años. Fue bautizado el día 16 de noviembre de 1847, habiendo ya para entonces fallecido su madre. Viajó a Francia por vez primera en 1859, con el propósito de estudiar, matriculándose en el Liceo de Tarbes para, a partir de 1863 continuar sus estudios en el Liceo de Pau. En 1865 se pierde todo rastro documental del poeta quien en 1865 realiza un viaje al Río de la Plata, visitando Montevideo y probablemente la provincia argentina de Córdoba.

            El Canto I se publicó en 1868, seguido, al año siguiente por la edición del volumen completo de Los Cantos de Maldoror. Los datos biográficos, a partir de entonces, se ven reducidos a algunos cambios de domicilio en París y a la publicación, en junio de 1870, de una obra tan detonante como la primera: una paródica revisión a la retórica y a los tratados de estilo, titulada Poesías.

            Isidore Ducasse falleció a las ocho de la mañana del jueves 24 de noviembre de 1870 en el número 7 de la calle de Faubourg-Montmartre, según consta en el acta de defunción, que se refiere al joven como “hombre de letras”, pero se cierra enigmáticamente “sin otra información”, dejando sin establecer las causas del deceso. 

El tortuoso camino de la obra           

           

La edición de Los Cantos de Maldoror, salvo los veinte ejemplares entregados al autor, fue retenida por su editor, Lacroix, quien temiera a la reacción de los funcionarios encargados de la censura.

            Un librero belga adquirió en 1874 los fondos de la editorial, entonces quebrada, pero tampoco se atrevió a distribuir el libro. Debieron pasar 11 años para que decidiera mostrar un ejemplar a uno de los miembros del grupo literario La Jeune Belgique, del que formaba parte Iwan Gilkin, quien dio el primer espaldarazo a la promoción del libro. Convenció a sus amigos de comprar varios ejemplares, algunos de los cuales fueron enviados a Francia, y por esa vía llegó a manos de León Bloy, quien hace la primer referencia a Lautréamont en su novela El desesperado. Dice que se trata la suya de “una obra única y llamada a tener probablemente resonancia” pero que “carece de forma literaria; es lava líquida, algo insensato, negro y devorador”.

            Así se inicia la leyenda negra de Lautréamont. Bloy agregaría en un artículo que el autor de ese libro “murió en reclusión” (imposible imaginar el origen de semejante error) e insistía en la locura del escritor, recomendando evitar la lectura de Los Cantos de Maldoror.

            Rubén Darío conservó la misma actitud cuando, a través de su libro Los raros, lo presentó al público castellano con frases como: “No hay que jugar al espectro porque se llega a serlo”, o “quien ha escrito los Cantos de Maldoror puede muy bien haber sido un poseso”.

            Ducasse dejó muy claro que esperaba tales reacciones, al increpar en el inicio mismo de la obra al lector, incitándolo provocativamente a abandonar su intento de continuar la lectura y penetrar “semejantes landas inexploradas”. 

El triunfo de la imagen 

            La importancia adjudicada a la obra de Ducasse tiene como directos responsables a los miembros del movimiento surrealista, que adoptaron una defensa intransigente e incondicional de aquellos escritos que confirmaban como ningún otro el postulado de Breton: “La belleza será convulsiva o no será”.

            Semejante reversión del concepto de belleza encuentra su estandarte en la famosa comparación de Lautreámont: “hermoso como el encuentro fortuito entre un paraguas y una máquina de coser sobre una mesa de disección”.

            La influencia de Ducasse sobre el surrealismo no se reduce al ámbito poético. Probablemente Marcel Duchamp sea quien más aprovechó la ruptura de los vínculos entre el objeto y el concepto propio de la obra ducassiana, y por esa vía (hay que recordar que Duchamp radicó en los Estados Unidos) el movimiento de artistas conceptuales de los años 70 le debió a Ducasse seguramente más de lo que sus propios exponentes pudieron ser capaces de imaginar.

            André Breton exigía de los artistas “el ojo en estado salvaje”. Si Lautréamont es considerado el padre indiscutido del espíritu surrealista se debe, precisamente, a esa característica que en su obra alcanza a ser por momentos radical: la imagen y la palabra, en estado salvaje, no representan al mundo sino que lo presentan. El método es crearlo

Diego Techeira: 

http://mx.geocities.com/artecheira_web


1 Apariencia desnunda: Adopto por coincidir con la idea que quiero expresar el título de un libro de Octavio Paz acerca de la obra de Marcel Duchamp.