Editorial
Teñirse la piel con colores es un acto ancestral. Cuando creíamos que los dioses eran seres de enormes proporciones, que siempre venía del horizonte, allende los mares, que vestían extravagantemente y su piel era de colores distintos a los de la piel humana decidimos, en la ilusión de acercarnos a su naturaleza divina, imitarlos. Entonces, de las plantas, los minerales y los insectos extrajimos el color. Al inicio creíamos que cada tono diferente tenía que ver con aspectos específicos del agrado o desagrado de los dioses, del nivel de la ofrenda o el sacrificio y la homilía, de la preparación para la jornada o la batalla. Así, de los óxidos de los metales extrajimos el verde, de la cochinilla grana que crece en los nopales y del murex que descansa en el fondo del mar sacamos el rojo, de las plantas índigo y de las gemas lapislázuli un azul intenso, el amarillo venía de la cúrcuma y de otras raíces vegetales, y de mezclarlos todos alcanzamos una gama casi infinita de tonos, pero nada nos acercaba a los colores brillantes y vivos, insuperables que la naturaleza nos daba en sus aves, sus peces, sus felinos y sus paisajes. Y entonces quisimos colorearlo todo, nuestra piel y las paredes del lugar donde vivíamos, las cosas que adquiríamos y para representar el cómo veíamos la realidad conforme íbamos creciendo en ella pusimos el color sobre los lienzos.
El papel que han desempeñado los pintores, los maestros del arte a través de la historia ha sido no sólo la de ser fotógrafos y cronistas de su tiempo sino también la de intérpretes de su sociedad, arqueólogos de los rincones más oscuros de sus mentes, tasadores de las escalas de valores del hombre, traductores de los sueños y en muchos veces, dueños de los más altos anhelos para la igualdad de los pueblos. El arte, que nace en todos los géneros cuando llega a la pintura alcanza una dimensión siempre diferente. Allí se confirma que somos seres predominantemente visuales. No me imagino alcanzar este punto de la evolución social sin la presencia y el trabajo que han hecho los maestros del arte en la historia toda.
Este número de Meretrices está dedicado a Dionicio Morales López, uno de los pilares del arte, la pintura y las tradiciones de los pueblos en nuestra ribera de Chapala. Bienvenidos todos a esta edición de verano del veinte once.
Mario Z Puglisi


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