Mostrando entradas con la etiqueta Ancestros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ancestros. Mostrar todas las entradas

28 octubre 2008

Arte para el desarrollo


En nuestro país está muy extendida la idea de que el arte y la cultura no tienen nada que ver con el desarrollo. Es una idea cimentada, sobre todo, en las esferas oficiales, que son las que determinan cómo se deben aplicar los presupuestos públicos, y no consideran al arte y a la cultura dentro de los parámetros del crecimiento poblacional ni económico, en las aplicaciones presupuestarias de la obra pública, la prestación de servicios, los pruritos judiciales ni en los programas rurales. En esas esferas se considera como desarrollo a toda actividad que va a dejar una ganancia económica y, claro, ya se sabe que el arte no deja ese tipo de ganancias, excepto el arte comercial, que está enteramente en manos de la iniciativa privada.

En Michoacán, el Colectivo Artístico Morelia venía insistiendo desde hace muchos años en la búsqueda de presupuestos oficiales para el desarrollo a partir de proyectos artísticos. Fue hasta el 2004 cuando recibió un apoyo en este sentido, obteniendo un rotundo éxito mediante un proyecto aplicado en jóvenes estudiantes que presentaban retraso escolar y conflictos familiares; al participar en este proyecto lograron ser eficientes como estudiantes y mejorar ampliamente su relación familiar.

La base del proyecto es el arte tradicional, esto es, la difusión de los mecanismos y herramientas de que se vale la tradición para conservar los valores más antiguos y positivos de las comunidades, que son el aliento de lo que se puede llamar mexicanidad y que son el sustento de la vida diaria de cientos de comunidades que aún viven de la tradición y que, desgraciadamente, se encuentran a la baja, prácticamente en vías de extinción ante el empuje de la modernidad y la urbanización. La educación tradicional ya no existe, fue suplantada por la educación formal, o sea, la de las escuelas, la educación académica.

Jóvenes y adultos afectados ya por el comercialismo y la brutalidad de los ámbitos urbanos, ven a las manifestaciones tradicionales como “cosas de viejitos”. Piensan, ingenuamente, que el gruperismo y las modas impuestas por la radio y televisión comerciales son lo que vale la pena, y que las tradiciones son cosas del pasado, restos de un México superado y que deben desaparecer. Esta es la forma como la ignorancia ve al arte tradicional. Desafortunadamente no sólo los jóvenes son víctimas del comercialismo, también legisladores y gobernantes suelen compartir esta errónea apreciación.

La palabra latina traditio significa “entrega” (de trado-transdo: transmitir, entregar, dar). Cada comunidad tradicional se desarrolla mediante fórmulas culturales propias, ninguna comunidad es igual a otra ni tiene las mismas formas de organización, por más que puedan ser parecidas. A los ojos del turista todas las comunidades son iguales. Sin embargo, quien sepa leer las condiciones de vida de las personas puede llegar más lejos en la comprensión de los engranes que hacen moverse a cada comunidad. Más bien es como un tejido, que tiene su frente y su revés, un entramado mediante el cual se obtienen determinadas figuras sociales que funcionan dentro de la unidad de ese tejido.

Una comunidad entrega a sus jóvenes los elementos de su cultura para que los enriquezcan y los hagan funcionar adecuadamente, con la finalidad de que sigan sirviendo de cohesión al conjunto de individuos que dependen de esa comunidad. Ese ámbito comunal tiene a la tradición como fórmula ancestral de supervivencia, si se le quitan sus tradiciones, muere.

Es importante diferenciar tradición de costumbre. La tradición permite ver los intereses de la comunidad antes que los del individuo; si la comunidad funciona y se desarrolla, ese funcionamiento y desarrollo son benéficos para todos sus individuos, no para uno o dos, sino para todos. Las costumbres son acciones que se van incrustando en el entramado tradicional, algunas de esas costumbres serán benéficas para la población, otras no.

Son costumbres las que han instalado la embriaguez y el tabaquismo en la tradición. Muchas fiestas no se pueden imaginar sin un brutal consumo de alcohol. Las compañías cerveceras se pelean la primacía en las fiestas tradicionales y envilecen a las comunidades, en complicidad con la radio y televisión comerciales, así como con las autoridades que permiten la publicidad y venta indiscriminada de alcohol. ¿Por qué hacen esto? ¿Por qué permiten que comunidades enteras se entreguen al alcohol, a la venta masiva de esta droga que debería ser ilícita, pero que el mismo gobierno ha licitado? Por dinero. La venta de alcohol deja cuantiosas ganancias, al igual que la marihuana o la cocaína.

No planteamos que la organización tradicional sea mejor o peor que la desorganización urbana. La tradición, como toda forma de organización social, hace convivir lo bueno con lo malo, si es que esos términos pueden tener una vigencia y significados absolutos. Lo tradicional es una forma de vida, por lo tanto, una herramienta de la cultura. Y la cultura no es buena o mala, es.

Hay quienes aplican el término “tradicional” a lo que es viejo, antiguo, de otra época. Peor aún, algo que debe desecharse. Dicen que hay que abandonar los esquemas tradicionales de educación, por obsoletos. La verdad es que ni siquiera conocen la educación tradicional porque, efectivamente, fue desaparecida por programas educativos gubernamentales que han convertido a la educación en “algo”. Cierto que la educación vive una crisis mundial, pero en México nos llevamos los primeros lugares en educación de pésima calidad.

Abundante es la ignorancia y nadan en ese mar quienes oponen ciencia a tradición, considerando que la ciencia es la tabla salvadora para ponernos en el futuro, en tanto que la tradición es cosa del pasado. Ciertamente es pretérita porque se le ha desestimado y atacado con las certeras armas de la ignorancia, pero la ciencia tiene sus bases en la tradición. La ciencia tradicional es un venero de certezas, pero lo que hizo más eficaz al prurito científico tradicional fue la duda, que mueve al mundo y conduce a la verdad. La ciencia es un invento de la tradición.

La educación tradicional enseña, principalmente, a aprender. Busca el método y no la cosa. La educación cosmopolita enseña la cosa (sin albur), pero no prepara al individuo para cuestionarse ante las dudas que le planteará la existencia misma. Esa educación “civilizadora” sirve más para el salón de clases que para la vida. La tradicional es, efectivamente, una educación para la vida.

Lo que hace el Colectivo con sus cursos es, principalmente, enseñar a vivir. Suele llamarse a la vagancia “universidad de la vida”, pero quien se ha formado en la educación tradicional reconoce las enseñanzas de esa universidad vital como emanadora de hechos científicos. Y entonces la vida no pasa a nuestro lado, sino que nos envuelve y protege, adquiere sentido, se convierte en conciencia.
José Luis Rodríguez Ávalos

13 julio 2008

Solsticios

Llega el verano y con él se aparece un cambio de estación. Cuando hablamos de estaciones, automáticamente creemos que se refiere a la moda; ya saben, las nuevas propuestas, los colores, que si el short o los pesqueros, que si predominará el verde militar o las pieles, etc. Da igual, pero vallamos más allá de los esnobismos ajenos y por qué no mejor indagar en qué consiste esta situación en rasgos generales.
---Como principio les adelanto que hace no más de un par de semanas sufrimos un evento anual que con suerte lo sentimos indirectamente: hablo del día más largo del año. Fenómeno que se conoce como Solsticio de Verano. Se trata de fenómenos llenos de implicaciones para la interpretación más amplia de la cosmovisión prehispánica. Hay quienes confunden Solsticio con Equinoccio, aclaro; el primero se refiere a cuando el Sol se posiciona en el ecuador celeste, es decir cuando está quieto. Por su parte el Equinoccio se refiere a cada uno de los puntos de la esfera celeste en los que la eclíptica corta al ecuador celeste, cuando esto ocurre el Sol está situado en el plano del ecuador terrestre, donde alcanza el cenit o punto de mayor altura. Para esto el paralelo de declinación del Sol y el ecuador celeste coinciden, por lo que la noche y el día tienen la misma duración en todo el mundo.
---Dentro de la cosmovisión prehispánica los mexicas veían la personificación del Sol. Más que eso, la fuerza de voluntad plasmada en esa estrella que lucha con las fuerzas de la oscuridad, con lo cual obtiene el derecho de volver a nacer. A la vez celebraba el poder del Sol y su influencia sobre la vida y la muerte. La importancia que los antiguos pobladores le daban a tales sucesos se remonta al solsticio de verano, pues se vincula con las latitudes geográficas de Mesoamérica, con el comienzo de la estación de lluvias. Este fenómeno climatológico tiene, a su vez, una implicación directa con la agricultura indígena. Desde tiempo inmemorial, cuando se acerca la fecha del primer paso del Sol por el cenit, los campesinos llevan a cabo las siembras en el ciclo de temporal. Lo que quiero decir es que en su avanzado conocimiento astronómico, ellos destacaban la coordinación que existía entre el tiempo y el espacio. Es ahí en donde los habitantes mesoamericanos también encontraron su expresión en la arquitectura mediante la orientación de pirámides y sitios arqueológicos como observatorios. Estas orientaciones pueden ser relacionadas, en la mayoría de los casos, con las fechas de la salida o puesta del Sol en días específicos del ciclo solar; mientras que algunas de ellas se conectan también con fenómenos estelares.


---Algunos de los edificios arquitectónicos que se utilizaban como observatorios son ejemplos Teotihuacán, Alta Vista, Xochicalco, Cholula, Malinalco, Tenochtitlan, Monte Albán, Caballito Blanco, Chichén Itzá, Uxmal, Uaxactún, Copán y Palenque, cabe destacar que aún se utilizan para dicho fin pero con diferentes interpretaciones.
---Como conclusión me gustaría agregar que para los pueblos antiguos las celebraciones revestían de un ritual específico, porque representaban la posibilidad de una época mejor, de buenos tiempos, de abundancia, tolerancia, respeto y armonía entre la sociedad.

Ixtlayolotzin

El son planeco y el arpa grande

La cuenca del Río Tepalcatepec ampara por lo menos a 13 municipios de la tierra caliente michoacana que tiene como epicentro a Apatzingán. Ese mismo río nutrirá más adelante al Río Balsas, que penetra la tierra caliente de la región de Huetamo y va a dar al mar por el rumbo de Ciudad Lázaro Cárdenas.

--Tales aguas han vitalizado las tradiciones de esa calurosa franja, que se emparentan por los bailes regionales que responden al son, al gusto, al jarabe y a las respectivas dotaciones musicales de tamborita –en Huetamo-, contrabajo –en Turicato- y arpa grande –en Apatzingán.

--Conjunto de mariache o mariachi antiguo, se le llamaba “conjunto de arpón” a las solidarias cuerdas de arpa, violines, vihuela y guitarra de golpe o “colorada”. Este conjunto predominante en una región sin límites culturales, pero delimitada políticamente en tres estados: Jalisco, Colima y Michoacán. En este último se le conoce como conjunto de arpa grande.

--La denominación de “conjunto de arpón”
[1] responde precisamente al tamaño del arpa que, si bien tiene 36 cuerdas como otras arpas de México y de América, el tamaño de la caja suele ser más grande y sirve también para ser “cacheteada”, esto es, percutida, labor de acompañamiento y muestra de africanía que ha tenido célebres cultivadores, entre ellos el legendario y ya fallecido Timoteo Mireles El Palapo.

--Del centro del estado hay que llegar a Uruapan para descender hacia la tierra caliente; las grandes montañas comienzan su levedad hasta convertirse en una planicie que es conocida como el Plan de la Tierra Caliente.

--Allí se asienta una de las formas del son más alegres y ruidosas. Los sones antiguos tienen, por lo regular, nombres de animal, de plantas o de flores. Famosos son los sones La puerca, El jabalín, El venado, La gallina, El caballo.

--Parte de la fama del conjunto de arpa grande se debe a que es depositario de la valona, una forma de la décima octosilábica en glosa, que tiene la característica de añadir una cuarteta de despedida al finalizar la glosa. Emparentada con la valona guanajuatense, queretana y potosina (de alguna manera remanentes del antiguo obispado de Michoacán), la décima que se cultiva aquí es parte de las centenarias tradiciones populares de Iberoamérica, estudiadas, entre otros, por Vicente T. Mendoza.
[2]

--Aunque la ciudad de Apatzingán es el centro político y económico de la región (el Valle de Apatzingán, la Olla de la Tierra Caliente, la Cuenca del Tepalcatepec), varios municipios comparten la tradición sonera y valonera del Conjunto de Arpa Grande. Agrupaciones de este tipo hay en Aquila, La Huacana, Ario, Coalcomán, Aguililla, Tepalcatepec y otros municipios de la región y más lejos aún, como Artega y la zona costera.

--La cadena de la tradición va de padres a hijos, de abuelos a nietos, de tíos a sobrinos. Cuando algún pariente emigra a los Estados Unidos (arraigada costumbre en el campo mexicano), suele romperse la cadena tradicional y se pierden las capacidades y modos musicales. Pero las valonas continúan existiendo en el repertorio de los grupos de arpa grande.

--Según Raúl Eduardo González
[3] existe la posibilidad de un cuaderno donde fueron apuntadas una buena cantidad de valonas, de donde sacaba las letras un legendario valonero, El Venado. De ese cuaderno abrevaron valoneros que ya fallecieron.

--El son, por su parte, es una fórmula tradicional que se hereda familiarmente y se comparte en casi todo el país. Nombres y tonadas de sones se repiten en los distintos repertorios nacionales. Las letras pasan de manera natural a la vida cotidiana y son “masticadas” en las jornadas de trabajo, en las caminatas, en las horas de descanso.

--Existe un amplísimo repertorio de sones tierracalenteños, conocidos popularmente como sones calentanos y, por ser oriundos de la planicie apatzinganeña, como sones planecos. El son planeco tiene su fuerza en la tradición campesina, donde música, danza, vestuario, comida, bebida, religiosidad y fiesta son un todo indisoluble. Sacar al son de ese contexto es disminuir su vitalidad, aunque en cualquier tarima del mundo puede mostrar las virtudes de su sonoridad y la armonía de su dotación instrumental, donde se fusiona el mestizaje de México con la influencia del golpeteo y síncopa africanos.
2003
José Luis Rodríguez Ávalos

[1] Álvaro Ochoa. Mitote, fandango y mariacheros, El Colegio de Michoacán, 1994
[2] Vicente T. Mendoza La décima en México, Buenos Aires, 1947
[3] Raúl Eduardo González. El valonal de la tierra caliente, Jitanjáfora, Morelia 2002

15 mayo 2008

El Mensajero Del Sol


Muchas historias, leyendas o mitos se han suscitado con respecto a los rituales que los antiguos habitantes hacían como prueba de fidelidad a sus diferentes deidades. Si bien es cierto, como en todas las religiones se dice que se debe de temer a algo, con las antiguas civilizaciones no podía ser la excepción.
----El llamado calendario Azteca era la imagen del Sol. Existía una orden religiosa, la de los Caballeros del Sol, que tenían la encomienda de guardar la imagen y de consagrarse a su servicio. Estos caballeros solemnizaban dos fiestas principales al iluminar el sol relacionadas con sus posiciones en la esfera celeste: equinoccios y solsticios.
----La primera era la más solemne. Cuando el astro estaba cerca del zenit, tocaban los sacerdotes los caracoles y las bocinas (cuernos de búfalos), a cuyo sonido acudía todo el pueblo en multitud.
----Entonces lo más granado de la nobleza aparecía formando acompañamiento a un prisionero que venía marchando por delante. Le habían pintado las piernas con rayas blancas, y la mitad de la cara colorada. En la cabeza llevaba un plumaje blanco, en una mano un báculo muy galano con plumas y en la otra un escudo con cinco copos de algodón. Llegados todos al pie de la escalera del templo y entregándole un bulto con regalos para el sol, un sacerdote le decía en voz alta y ceremoniosa:
---- “–¡Escúchame, mensajero! Irás con nuestro dios el Sol para llevarle nuestras salutaciones. Le dirás que los caballeros del Sol, así como sus demás hijos, le suplican se acuerde de ellos, y desde su reino los colme de mercedes. Así mismo le rogarás de nuestra parte, acepte bondadosamente el humilde obsequio que contigo le enviamos, lo mismo que este báculo galano para que se apoye en él cuando camine y este escudo para que se defienda cuando pelee.
-
-
-
-

----El mensajero escuchaba con atención el recado y respondía que lo cumpliría gustoso.
----Y luego con su bulto a cuestas, empezaba a subir por las gradas del templo muy poco a poco, deteniéndose un buen rato en cada una, haciendo así muy larga la subida. Dicen que de este modo iba remedando el ascenso del Sol desde el oriente hasta el zenit.
----Por fin, llegaba a la plazoleta superior en donde estaba colocada, en una plataforma, la piedra consagrada al astro. Cuatro escaleras daban acceso a ella. Había, además, un altar en que se miraba la imagen del Sol.
----El mensajero subía y se ponía en pie sobre la piedra, que estaba horizontal. Y dirigiéndose unas veces a la imagen y otras al verdadero Sol que brillaba en la mitad del cielo, exponía su mensaje en alta voz para ser oído de todos. Y cuando acababa de decir: “Tomad este báculo para cuando caminéis y este escudo para que os defendáis”, subían a la plataforma cuatro sacerdotes, le quitaban el báculo y el escudo, así como el bulto de los regalos, y lo tendían de espaldas sobre la misma piedra. Subía luego un quinto sacerdote con un cuchillo de pedernal en la mano y lo degollaba diciendo: “Ve hijo mío, a llevar nuestro mensaje al Sol”.
----La sangre de la infeliz víctima escurría hacia la imagen del Sol, como una ofrenda. Acabada de salir la sangre, el mismo sacerdote le abría el pecho y le sacaba el corazón, el cual, con la mano alta, presentaba reverentemente al dios luminoso.
----Aquel horrible sacrificio terminaba al medio día, cuando el astro estaba en el centro de la bóveda celeste. Los sacerdotes volvían a tocar sus caracoles en señal de haber terminado la ceremonia, y se retiraba la multitud.


Ixtlayolotzin

10 marzo 2008

MÉXICO DE FÁBULA
EL POPOCATÉPETL




Como comentaba en el número 10 de Meretrices, uno de los encantos más atractivos de México son sus viejas historias y leyendas. De entre ellas hay una en particular que me gusta por su simbolismo y que hoy me gustaría compartirla con ustedes a pesar de que, como he mencionado antes, México ya es considerado como uno de los países infectados por la modernidad. Yo creo que no se puede olvidar lo maravilloso que fue en su antigüedad. Su pasado dramático es como un espíritu que no se ve, pero que se siente. Es algo que nos recuerda lo pequeño que es el hombre, su trabajo y en enfrentamiento lo eterno que son el tiempo y la naturaleza.
----Este tipo de fuerzas se sienten, más que en ninguna otra parte en presencia de los volcanes, Popocatépetl e Ixtlacíhuatl. En la actualidad llegan hasta su falda campos bien cultivados, kilómetros de maguey y rosales que se ocultan bajo los interminables invernaderos. Fueron precisamente los mexicas quienes nombraron a la legendaria pareja de volcanes que se observan desde el sur de la capital del país. Ellos siempre creyeron que nuestros cerros y montañas son seres vivos que sufren, aman, odian, tienen un pasado histórico que hasta hoy se sigue manifestando.
----En el valle abajo, hay pueblecitos aún habitados por indígenas, haciendas conservadas y sobre todo mucho ganado. El aire es ligero y fresco, el cielo es azul y sobre todo, hay mucho misterio. El misterio de los siglos pasados que se siente ante los dos volcanes siempre cubiertos de nieve. El Popocatépetl más alto que el Ixtlacíhuatl, que se asemeja a una mujer muerta, envuelta en un manto de nieve. Duerme siempre con las manos cruzadas sobre el pecho.
----Popocatépetl deriva su nombre del náhuatl popoa que significa “humo” y de la terminación tepetl, “cerro”, que juntos forman “El Cerro que humea”, debido a que en aquellos tiempos se veía esa ligera fumarola que hasta hace un par de años veíamos con cierta tranquilidad.
----Ixtacíhuatl viene de los vocablos ixtac, “blanco” y cíhuatl “mujer”, que juntos quieren decir “Mujer blanca”, aunque ya se conoce con el nombre popular de “La Mujer dormida”.

La Leyenda del Popocatépetl y el Ixtlacíhuatl

Hace muchos soles, cuando el reino azteca dominaba el Valle de México y los otros pueblos les rendían tributo, el cacique de Tlaxcala decidió pelear por la libertad de su gente y empezó una terrible guerra entre aztecas y tlaxcaltecas.
----La bella princesa Ixtacíhuatl, hija del cacique de Tlaxcala, se había enamorado de un joven llamado Popocatépetl, uno de los principales guerreros del pueblo de Tlaxcala. Ambos se profesaron un amor inmenso, por lo que antes de ir a la guerra, el joven pidió al padre de la princesa su mano si regresaba victorioso. El cacique tlaxcalteca aceptó el trato, prometiendo recibirlo con el mayor de los festines y el lecho de su amor.
----El joven guerrero se preparó con hombres y armas, y partió a la guerra después de saber que la princesa lo esperaría para casarse con él. Al poco tiempo, un rival de Popocatépetl inventó que éste había muerto en combate. Cuando princesa se enteró lloró amargamente su muerte y después ella murió de tristeza.
----Pero Popocatépetl venció y regresó triunfante a su pueblo. Cuando llegó, recibió la terrible noticia de que la princesa había muerto. De nada le servían la riqueza y poderío ganados sin su amor.
----Entonces, para honrar su memoria y la de su pueblo, Popocatépetl ordenó que 20,000 esclavos construyeran una gran tumba ante el Sol, amontonando diez cerros para formar una gigantesca montaña.
----Desconsolado, tomó el cadáver de Ixtacíhuatl y lo cargó hasta depositarlo recostado en su cima, que poco a poco fue tomando la forma de una mujer dormida. El joven le dio un beso póstumo, tomó una antorcha humeante y se arrodilló en otra montaña frente a su amada, velando su sueño eterno. La nieve cubrió sus cuerpos y los dos se convirtieron, lenta e irremediablemente, en volcanes.
----Desde entonces permanecen juntos y silenciosos Ixtacíhuatl y Popocatépetl, quien a veces se acuerda del amor y de su amada; entonces su corazón, que guarda el fuego de la pasión eterna, tiembla y su antorcha echa un humo tristísimo…
----El cobarde tlaxcalteca que mintió a Ixtacíhuatl sobre la muerte de Popocatépetl, murió cerca de su tierra. Él también se convirtió en una montaña, el Pico de Orizaba y se cubrió de nieve. Lo nombraron Citlaltépetl, o "Cerro de la estrella" y desde allá lejos vigila el sueño eterno de los dos amantes a quienes ya jamás podrá separar.
----Durante muchos años y hasta poco antes de la Conquista, las doncellas muertas por amores desdichados eran sepultadas en las faldas del Ixtacíhuatl.
Ixtlayolotzin

17 febrero 2008

LA FIESTA DEL FUEGO NUEVO



Es bien sabido que para nuestra cultura indígena la creación de fábulas, mitos y leyendas era la forma más pura de transmitir o guardar parte de sus tradiciones. Nuestros abuelos conservaron la historia gracias a la tradición oral, que con el paso de las generaciones fue tornándose en leyendas que aún conservamos por su valor.
Cuentan que para los antiguos pobladores del país, la fiesta anual del fuego era de vital significado, revestía caracteres trascendentales, nada se le igualaba en importancia. Esta fiesta cíclica, también llamada secular por razón de los siglos que se celebró, se llevaba a cabo cada 52 años, a este período los astrónomos mexicanos llamaban xiuhmolpilli, palabra que significa “Atadura de hierbas” o “Atadura de años”; pues cada hierba simbolizaba un año.
Los antiguos mexicanos además de ser politeístas eran muy supersticiosos, entre otras cosas creían que después del Quinto Sol (ya describí con anterioridad los Cuatro Soles) el mundo se había de acabar al finalizar un ciclo; pero no sabían en cuál; de allí la inquietud en que vivían cuando un ciclo estaba para morir. “¿Se acabará el mundo o no se acabará?” Era la pregunta que todos se hacían con ansiedad. ¿Y cómo podía saberse? Haciendo el fuego a la manera antigua, en la última noche del ciclo. Si se lograba hacer, se podía tener la certeza de tranquilidad relativa por otros cincuenta y dos años; en caso contrario, con toda seguridad el Sol y el Mundo perecería sin remedio, como lo dictaba la profecía.
He aquí la importancia de la fiesta cíclica o secular para nuestros antepasados.
Cuando estaba próximo el fin del ciclo, los mexicanos se preparaban para la fiesta de un modo muy peculiar: inutilizaban desechando todo cuanto tenían: ropas, muebles, trastos, herramientas y utensilios. Hasta los dioses o ídolos eran arrojados al agua o despedazados sin importar que fueran figuras sagradas. Pero al mismo tiempo se dedicaban a tener todo nuevo.
La última noche del ciclo era una noche de gran ansiedad. Nadie dormía durante ella. El fuego se apagaba en todas partes dejando todo en la oscuridad más densa que se pueda imaginar. Desde el anochecer los sacerdotes de México, que eran numerosísimos, se vestían con las insignias de todos los dioses, para representarlos con dignidad. Y luego marchaban organizados en procesión silenciosamente caminando hacia las afueras de la ciudad.
Bastante cerca de la ciudad de México y hacia el sur existe un cerrito aparenta tener en la punta el pico retorcido. Hoy se le conoce con el nombre de cerro de Ixtapalapa o cerro de la Estrella, y se puede distinguir perfectamente desde la Ciudad de México. Pues bien, la procesión de sacerdotes y emisores caminaba hacia ese cerro, muy lentamente, pues el objetivo era llegar a la cumbre del cerrito como por ahí de la media noche.
La ciudad se despoblaba, pues los habitantes marchaban también para colocarse al pie de la pequeña eminencia, como pacientes observadores. Los de los pueblos cercanos se subían a las montañas o a los lugares altos, y desde allá fijaban ansiosos e insistentes la vista en dirección al Cerro de la Estrella, en el punto donde habría de aparecer la llama sagrada.
En la cima del cerro esperaba un templo, a él llegaban los sacerdotes. Salvo la luz de las estrellas que podían verse en el cielo, la oscuridad más profunda reinaba esa tierra. Era aquella una noche de inseguridades, pavor e incertidumbre, en que todos temblaban, desde el niño hasta el viejo, pues no sabían si el día amanecería y saldría el sol.
En medio de aquella impaciencia, los sacerdotes esperaban a que las cabrillas estuvieran en la mitad del cielo.
Comenzaba entonces la ceremonia. Tomaban a un prisionero de guerra y lo tendían de espaldas en la piedra de los sacrificios. Le abrían el pecho con una daga y le sacaban el corazón aún tibio. Consumado el sacrificio, no quitaban el cuerpo de la piedra, sino que en ella lo dejaban tendido, y sobre el pecho abierto, encima de la herida sangrante, ponían los útiles necesarios para producir el fuego, es decir, el Mamalhuaztli.
Uno de los sacerdotes tomaba el palo cilíndrico y duro, y aplicándolo en el hoyo del madero plano lo hacía girar con fuerza. Todos los allí presentes estaban en la mayor zozobra. Los de abajo esperaban intranquilos. Los de las montañas nada veían: eran los más inquietos.
Aquel era el momento decisivo. ¿Brotaría la llama?
El sacerdote, cubierto de sudor trabajaba, trabajaba, no dejaba de trabajar. Y entonces…
¡Por fin brotaba la llama! Un grito de júbilo se alzaba entre los presentes. Repetido el grito en todas direcciones, se propagaba por la llanura hasta llegar a las montañas. Ardía el madero blando y con él se encendía una inmensa hoguera encima del cerro. En ella arrojaban el cuerpo y el corazón de la victima para que se consumiera. Luego que los de los pueblos y montañas veían brillar en la oscuridad de la noche la llama apetecida, prorrumpían en alaridos de gozo y felicidad, y entonces se sacrificaban sacándose sangre de las orejas, con espinas para después arrojarla desde lejos hacía la distante hoguera.
De todos los pueblos y provincias habían ido emisarios a Ixtapalapa con el exclusivo fin de recibir el fuego nuevo. Era como si fuera un fuego bendito. Aquellos emisarios eran muy buenos corredores y se habían distribuido sabiamente de distancia en distancia, como postas. Luego que los sacerdotes les entregaban una como antorcha de ocote ardiendo, bajaban a la carrera por la falda del cerro sin dejar que la llama se apagara o se desvaneciera; y relevados en las postas por nuevos corredores, el fuego pasaba de mano en mano hasta llegar en breve tiempo al reino de su destino, donde era depositado en el templo mayor.
¡Qué hermoso y sugestivo aspecto debía de presentar el cerro a media noche! Se podía ver a los numerosos emisarios bajar corriendo por la falda con sus antorchas luminosas alzadas en las manos. Emisarios especiales llevaban el fuego a la ciudad de México, y encendían con él, en un gran candelero de cal y canto, una grande hoguera en el templo de Huitzilopochtli. De allí el fuego se propagaba a los demás templos y habitaciones de los sacerdotes en el reino de la capital.
Los habitantes comunes de la ciudad acudían a los templos por el fuego nuevo y lo llevaban a su casa, encendiendo en el patio una lumbrada, en la cual sacrificaban codornices arrancándoles la cabeza.
Era entonces la hora del regocijo general. La fiesta se escuchaba en todos los hogares, ya poseían el fuego y tenían asegurada la vida para otros cincuenta y dos años más. Como habían inutilizado todo, desde los trastos de la cocina hasta los muebles, ahora todo lo reponían con objetos nuevos. Todos amanecían estrenados. Y todos comían panecillos de alergia o tzoali, que se hacía de alegría (amaranto), maíz y miel.
Y era así como se renovaban los votos de nuestros ancestros, reafirmando la idea prehispánica de la vida que se va dando en ciclos.

Ixtlayolotzin